Santo Domingo I (Historia)

A modo de presentación de los dos reportajes (historia y arte) que voy a dedicar al Convento de Santo Domingo de Estella, nada mejor que recoger algún fragmento de lo que José Javier Uranga escribió en la Revista de Fiestas editada por Zunzarren en 1962: "las ruinas de Santo Domingo, sobre el Ega verde, rápido y espumoso, con el Montejurra al fondo, constituyen sin duda el mejor elemento decorativo de Estella. Son unas ruinas imponentes, de las más ilustres de España, grandes como la osamenta de un animal fabuloso, grises, góticas, calcáreas; unas ruinas espectaculares, embellecidas además por un prestigio, no sólo histórico, sino literario y sentimental (...); las ruinas (...) son bellas, bellísimas, no es lícito negarlo".

Las fotografías, excepto las dos últimas, corresponden a la etapa anterior a la restauración.


A través de los arcos se divisa la iglesia de San Pedro de Lizarra y, al fondo, la sierra de Santiago de Lóquiz.

Cuando en abril de 1234 falleció el último monarca navarro nacido en esta tierra, le sucedió en el trono su sobrino Thibaut de Champagne (conocido en Navarra como Teobaldo I de Champaña), descendiente de Carlomagno. Era conde palatino de Champaña y Brie, región histórica (la de Champaña) situada al este de París, entre la ciudad de la Luz y Luxemburgo, y comprendía aproximadamente los actuales departamentos de Marne, Haute Marne, Aube y Ardennes, por los que debía vasallaje al rey de Francia. El condado de Champagne era una región riquísima, estratégicamente situada, con varias e importantes ferias comerciales, y sus rentas eran cuatro veces superiores a las del reino de Navarra.

Conocido en la historia por haber sido el trovador más fecundo e importante en lengua de oil, y educado en la corte parisina y champagnesa, Teobaldo I participó en la cruzada a Palestina (1239-1240) y trajo a Navarra aires de modernidad que fundamentalmente se sustanciaron en la creación de las Merindades (circunscripciones administrativas), la introducción de un sistema contable de registros anuales de ingresos y gastos, y la racionalización de la administración.

Muerto en 1253, le sucedió Teobaldo II, hijo primogénito de su tercer matrimonio con Margarita de Borbón. Nacido en Provins (Francia) en 1239, falleció en Trapani (Italia) en diciembre de 1270 cuando con su suegro San Luis, rey de Francia, regresaba de la desastrosa cruzada contra Túnez.


En esta instantánea, anterior a 1930, vemos en primer lugar la iglesia de Santa María de Todos los Santos, conocida también como Santa María Jus del Castillo. El caserío de la ciudad aún no está herido por la carretera NA-111 que a partir del comienzo de los años 30  lo corta en diagonal.

La de Champaña fue para Navarra una dinastía ausente: de los 41 años que reinaron, sólo 12 residieron en esta tierra, mientras que los 29 restantes vivieron en sus posesiones francesas, rodeados de una corte que en pompa y riqueza competía con la de París. En sus ausencias, gobernadores, generalmente de origen francés, estaban al cargo de Navarra.

Cinco veces vino Teobaldo II a Navarra, y tomó especial cariño a la ciudad de Estella, poblada entonces por gentes de origen y cultura francesa, entre las que debió hallarse como en su propia tierra.
No fue un cariño falso ni impostado, sino real, como lo demuestra el impresionante convento de Santo Domingo de Estella cuya construcción impulsó y costeó. Careciendo la monarquía navarra de un palacio en el que residir, es probable que pensara hacer de él su residencia. Quizá se deba a ello la rapidez con que se levantó y sus grandes proporciones.

Para recordar su vinculación con el edificio, en la fachada exterior del templo colocó sus armas patrimoniales (Navarra), y en la interior sus armas personales (Navarra y Champaña). Con esta iniciativa, por primera vez en Navarra se esculpieron en piedra las armas o escudos personales y patrimoniales, y por primera vez se representaron en piedra las armas o escudo de una localidad. Desde entonces la estrella del concejo de Estella luce en las fachadas exterior e interior de la iglesia de Santo Domingo, acompañando a los escudos del reino y del rey. Iniciativas que pronto imitarían concejos, reyes, nobles y caballeros.

Teobaldo II también dejó su figura grabada en piedra: una clave de la bóveda de la sacristía lo presenta a galope tendido sobre el lomo de un caballo.


Dos ventanales y una puerta se suceden en la perspectiva que muestra la foto. Según nos alejamos del objetivo vemos un ventanal de la sala capitular, la puerta de la misma sala y, al otro extremo del claustro, una ventana que hoy está cegada. Al fondo, la ciudad.

En la construcción del convento (segundo de los tres que en la Edad Media tuvo en Navarra la Orden de los Predicadores) Teobaldo II puso en juego toda su energía y determinación. Rápidamente gestionó las autorizaciones necesarias: primero, del Capítulo General de la orden celebrado en Toulouse en 1258; luego, del papa Alejandro IV, quien concedió cien días de indulgencia a los fieles que visitasen su iglesia en determinadas festividades. Indulgencias que aumentaron con las otorgadas por el obispo de Pamplona Pedro Ximénez de Gazólaz (1260), los de Tarragona y Lérida (1273), el arzobispo de Santiago (1292), el obispo de Palencia (1294), el de Pamplona Miguel Périz de Legaria (1297), y el arzobispo de Reins en 1339.

Casi dos siglos más tarde, el papa Julio II (1510) concedió indulgencias a instancia del estellés Felipe de Gárriz, y en 1582 las concedió Gregorio XIII a solicitud de Sebastián de Gárriz. Finalmente, el cardenal Miguel de Silva, a petición del estellés Beltrán de Acuña y Avellaneda, concedió siete años y siete cuarentenas de perdón a los fieles que visitasen el convento ciertos días del año.


Esta fotografía, de contraste suave que semeja una pintura, corresponde al primer álbum de fotos de Estella, editado en los primeros años del siglo XX.

Como las autorizaciones e indulgencias no levantan por sí solas los edificios, el rey impulsó con su dinero la construcción del convento, entregando grandes sumas en vida, e incluyendo en su testamento (Cartago, noviembre 1270) una gran cantidad de dinero (veinte mil sueldos) sobre sus rentas de Champaña; mecenazgo que fue emulado por otros miembros de la nobleza.

Con el dinero real rápidamente se levantó la iglesia, la sacristía, la sala capitular, la enfermería, el locutorio, la cocina, la hospedería y el dormitorio. Todo en piedra sillar. Además, el monarca adornó la sacristía con muchos ornamentos y reliquias, dotó veinte libras anuales para el vestuario de la iglesia, y dio al convento los libros necesarios para cantar el oficio divino, trayéndolos de Champaña a lomos de mulo (1265). Fue un mecenazgo que costó al rey ingentes sumas de dinero.

La provincia dominicana de España, por agradar al rey, aceptó el convento antes de que fuera construido (Burgos, 1260), y cuatro años más tarde fue admitido de nuevo, ahora con religiosos, en el capítulo provincial reunido en Salamanca. Su construcción fue tan rápida que al lustro de ser iniciada el monasterio estaba en condiciones de acoger a los delegados de toda la península Ibérica, concentrados en Estella por deferencia hacia el monarca. Por eso, puede decirse que este convento fue el que más -o uno de los que más- rápidamente fue construido en época medieval. Ayudó a ello el que según tradición local escuchada a mi padre, las piedras las extrajeron de una cantera situada entre el convento y la cresta rocosa que comunicaba Zalatambor con la Atalaya, y cuyo hueco en forma de cubeta aún puede verse.

Las colosales proporciones de su iglesia y refectorio dieron lugar a que la fantasía popular exagerase el número de religiosos, elevándolo a ciento cincuenta (Baltasar de Lezáun en sus Memorias históricas de la ciudad de Estella) cuando nunca pasaron de veinte o veinticuatro.


En esta foto se ve la puerta de acceso al templo y el ventanal de la cabecera. Está tomada de una publicación impresa, lo que le resta calidad, pero la he incluido porque es la única fotografía -de las que conozco- que recoge los restos de la tracería del ventanal.

A la muerte de Teobaldo II los dominicos encontraron un nuevo mecenas en la persona del infante Nuño González de Lara, hijo de Teresa Alfonso, hija de Alfonso IX, rey de León, y residente en Navarra por su enfrentamiento con el rey leonés Alfonso X.

Este nuevo mecenas levantó a su costa las capillas de Santo Domingo y de la Magdalena, el refectorio, la bodega y la portería; perfeccionó el claustro con sus columnas; donó tres mil sueldos para comprar una huerta e incorporarla a la del monasterio; regaló ornamentos y libros, la cruz procesional, tres cálices, dos candeleros, un incensario, una naveta y unas vinajeras, todo de plata, y dio limosnas a la comunidad y a sus miembros.

Grabó sus armas sobre la puerta del refectorio que daba al claustro; enterró en la iglesia a su hijo, "cuya estatua se ve sobre cuatro leones" (Baltasar Lezáun) "junto a las gradas que conducían al altar mayor" (Madrazo); y en su testamento (1286) dispuso que en Santo Domingo de Estella se enterrara su corazón y su mano derecha, lo que se hizo tras su muerte en Lisboa el 10 de noviembre de 1290.

Su mecenazgo fue imitado: el caballero Ramiro Gil de Los Arcos costeó el coro con su sillería; Bernardo Montaner pagó el aljibe, con los pilares de piedra que estaban en las cuatro esquinas del claustro, por donde bajaban las aguas; Juan Arnalt de Ezpeleta (primera mitad del XIV) levantó la capilla de la Magdalena, donde mandó enterrarse, y regaló una lámpara de plata, joyas y sesenta sueldos perpetuos de renta.

Felipe I el Hermoso y Juana, sucesores de Teobaldo II, reyes de Francia y de Navarra, donaron los Baños Reales y una torre para que los religiosos pudieran ampliar las dependencias del convento y aprovechar la piedra.

Baltasar de Lezáun afirma que sobre los Baños Reales se amplió la iglesia, lo que carece de lógica, pues la iglesia parece construida de una sola vez, y lo coherente es que los baños estuvieran a la orilla del río y no en lo alto del monte.

Su hijo Luis Hutin, rey de Francia y de Navarra, "en el año de 1307 mando que los judíos edificasen a su costa una muralla, o pared recia, que dividiese la puerta del convento de la Judería, para evitar algunos daños que hacían en la fruta" (Baltasar Lezáun). Carlos II el Malo también favoreció al convento, y dio dinero para levantar las murallas que lo protegiesen.


Desde el interior de la sala capitular vemos la espadaña, situada al otro lado del claustro.

Carlos III el Noble solía pasar en el convento largas temporadas: está documentado que entre julio y octubre de 1389 se hospedó en él al menos setenta y cinco días, y el 20 de diciembre de 1395 seis dominicos de los conventos de Pamplona y Sangüesa se desplazaron a Estella para cantar ante el monarca. La Semana Santa de 1396 la pasó también en el convento de Estella.

Con frecuencia la sociedad olvida la vinculación de este monarca con Estella en general, y con Santo Domingo en particular. Se han ensalzado sus obras en Olite, Tafalla y Pamplona, que todos reconocemos, pero se olvida su obra en Estella. Carlos III el Noble costeó importantes reformas para adaptar el convento a residencia real, trabajando en ellas los mejores artífices que había en el reino (entre ellos los artistas, artesanos y mazoneros que levantaron el palacio de Olite), lo que da idea de la calidad y ostentación de los trabajos realizados en el convento durante el reinado de este monarca, con los que se cierra en 1422 el periodo de obras de construcción y adaptación. Obras en madera y decoración, muchas de ellas, o realizadas en dependencias (sobreclaustro, por ejemplo) desaparecidas, de las que nada queda.

Puede servir para reconocer la vinculación de los monarcas navarros con Santo Domingo el hecho de que en el periodo 1328-1425 (comprende, lógicamente, a varios monarcas) se destinó a este convento el 70% del total del metálico entregado por los monarcas a la totalidad de los monasterios del reino para obras y ornamentos.


Entre la sombra de los arcos proyectada sobre las paredes del refectorio, vemos la concha que sostenía el púlpito.

Lacarra opina que Santo Domingo y Santa María se encontraban dentro del recinto amurallado de los castillos (tengo dudas en lo referente a Santa María). Lo avalan su ubicación, la solidez de su construcción, y el hecho de que las crónicas narran que cuando las tropas castellano-navarras conquistaron la ciudad, el convento de Santo Domingo fue el primero en caer, y tras morir de un balazo el alcaide de Zalatambor se rindió la fortaleza y poco después lo hizo Belmecher.

En el convento, como punto de las fortificaciones más próximo a la ciudad,  se realizaron algunas negociaciones o encuentros. La historia dice que en 1512, cuando el asedio del castillo, los familiares de los encerrados iniciaron un continuo peregrinar entre sitiadores y sitiados con el fin de que sus parientes pudieran salir con vida del castillo. La mujer de Sancho de Azcona, Ismena, se desplazó a Estella en compañía de Catalina de Gainza para rescatar a su marido. Primero se entrevistó en el monasterio de Santo Domingo con Juan Remírez de Baquedano, señor de San Martín de Améscoa, alcaide y defensor de las fortalezas, quien le aseguró que no pondría impedimentos a quienes desearan abandonar el castillo. Ismena acudió entonces ante Francés de Beaumont, primo del conde de Lerín y al mando de los atacantes, quien le extendió un salvoconducto para que pudiese regresar a su pueblo en compañía de su marido. Ismena entró en el castillo, y sin ningún impedimento de sitiadores ni sitiados marido y mujer volvieron a casa. Su hijo Tomás no quiso seguir sus pasos y continuó en la resistencia.

Quizá por ello, Francisco de Eguía dice en su "Estrella cautiva o Historia de la ciudad de Estella" (1664), que "los grandes salones que tiene antiguos de fuertes y gruesos paredones de piedra de sillería, dan a entender se servían los reyes de ellos para almacenes porque están contiguos al castillo arruinado", y sigue: "Fue este insigne y real convento de los más opulentos de Castilla...". Conviene apuntar que, a diferencia de los cenobios de los monjes contemplativos, situados en el campo, los conventos de los mendicantes, situados en las ciudades y villas y careciendo de campos y granjas, no necesitaban almacenes ni graneros.

Pero fuera cual fuera la función principal del convento y el motivo por el que fue levantado, está documentado que en sus amplios salones se celebraron doce capítulos de la Orden de Predicadores (dos de ellos cuando todos los reinos españoles formaban una sola provincia), y varias veces se reunieron en él las Cortes del Reino de Navarra. Es probable que el ánimo de Teobaldo II, al impulsar una construcción aparentemente tan desproporcionada, estuviera animado por el deseo de erigir un contenedor en el que se pudieran dar esos servicios; más aún si tenemos en cuenta que en aquel momento no había en Navarra un edificio con esa capacidad, de  salones tan amplios y exentos.


En esta perspectiva vemos el claustro y la espadaña en primer término; la iglesia de San Pedro de Lizarra y otros edificios de la ciudad en segundo plano;  y al fondo la sierra de Santiago de Lóquiz y las peñas de San Fausto, separadas por el curso del Urederra y el angosto paso que conduce a las Améscoas.

Desde sus orígenes fue un centro de estudios. Ya el capítulo provincial de León (1275) destinó al convento un profesor que a la sazón se encontraba en el Estudio de París, pues no se concebía una comunidad dominica sin profesor de teología. Poco después, el capítulo provincial reunido en Estella destinó a él dos profesores, siete estudiantes y un converso, y un fraile estellés fue enviado a Zaragoza para que se especializara en lógica. En la misma asignatura se especializaron en Pamplona tres frailes de Estella, y, en el siglo XIV, junto a profesores de gramática había maestros de latín y de árabe. En fecha tan tardía como los siglos XVIII y XIX el convento contaba una cátedra de Teología Moral.

Del convento salieron numerosos y afamados predicadores que mostraron su elocuencia por las iglesias de Navarra y Estella. Por referirme a alguno de los frailes que alcanzaron notoriedad, profesor notable fue fray Miguel de Estella, designado en el Capítulo provincial de Zaragoza (1302) con el título de predicador general de Navarra. Después de haber regido durante cuatro años el convento de Estella, en 1305 fue promovido a provincial de Aragón, siendo el segundo que tuvo la nueva provincia de Aragón, Cataluña y Navarra. Murió en 1315, dejando una colección de sermones que se conservaba manuscrita en la biblioteca del convento de San Juan y San Pablo de Venecia.

Otro hijo del convento fue fray Pedro Hispano, portugués de origen y autor de las Súmulas Dialécticas tan conocidas en todo el mundo y tan temidas en las escuelas, aunque fueran las de París, Bolonia y Salamanca. Este fraile alcanzó el papado con el nombre de Juan XXI, y según Francisco de Eguía y otros autores está enterrado en el convento estellés bajo una lápida que en el claustro perpetuaba su memoria con la siguiente inscripción: "Hic iscet R. P. Petrus Hispanus, Ordinis Predicatorum, autor sumularum". Otros autores aseguran que Juan XXI está enterrado en Roma, lo que parece indicar confusión entre dos personajes de igual nombre religioso: uno, el que alcanzó el papado; otro, el monje estellés que indistintamente fue conocido como fray Pedro Hispano y fray Pedro de Vitoria.


En esta panorámica vemos al convento, al pie de la peña en la que estuvo el castillo de la ciudad. Al fondo, con su forma cónica inconfundible, Monjardín, cuya cima conserva los restos del castillo de San Esteban de Deyo, el punto más norteño que poseyeron los árabes.

Leonor de Echauz empeñó a los frailes (acabaron por hacerse con la propiedad) el molino de harina, llamado de la Tintura, sito debajo de la judería, donde ahora está la presa de Curtidores. Se lo apropió por la fuerza Lope de Baquedano, merino de Estella, siendo condenado a la restitución con costas. Más tarde, Francés Febo, rey de Navarra, estando hospedado en el castillo, lo cedió a Lope de Baquedano, alcaide del castillo de Estella, para ayuda de la reparación y conservación de la fortaleza. El molino volvió de nuevo a la propiedad de los dominicos, quienes en 1560 lo vendieron al ayuntamiento estellés.

Felipe II, teniendo en cuenta que el monasterio era muy pobre, en 1578 les cedió en usufructo durante cinco años cuarenta y cuatro robadas de tierras anejas a la fortaleza, usufructo que fue renovado a lo largo de los siglos XVI y XVII.

Por la misma razón, y teniendo que comprar el vino por falta de heredades, en 1541, Diego Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete y virrey de Navarra, les permitió juntar su huerta con otro pedazo contiguo a la judería, autorizándoles  el derribo de la muralla de la ciudad que se interponía entre las dos fincas.

Esta pobreza debió ser circunstancial, pues a través de las donaciones recibidas se convirtió en el monasterio más rico en bienes inmuebles de Estella, patrimonio que dilapidó en los interminables pleitos en los que se enredó a lo largo de los siglos XVI y XVII.


Otra foto de la puerta de acceso a la iglesia.

El primer seglar en ser sepultado en el convento fue Juan de Ailloz (Alloz), quien solía recibir a los frailes en su casa cuando aún no se había levantado el convento. En su testamento dejó al monasterio cincuenta libras, y mandó ser enterrado en el claustro en un arco detrás de la sacristía.

Guillén de León enterró a su madre delante del altar de Santa Catalina, mandó fabricar a su costa un arco que cobijase su propio mausoleo, y entre otros legados les dejó una heredad en Azpuru y una huerta en la Plana.

 Martín de Ochoa, merino de Estella, después de enterrar a su mujer Bella y a su hermana Jimena en un arco del claustro detrás de la sacristía, escogió para sí la sala capitular, lo mismo que Martín Montaner y su esposa Francesa Pérez.

Juan Arnalt de  Ezpeleta se hizo labrar su sepulcro de piedra en la capilla de la Magdalena.

En 1350 los restos del canciller Dreve Jordán fueron trasladados del cementerio de los judíos a la iglesia de Santo Domingo, donde se labró una magnífica sepultura en la que trabajaron los mejores maestros que había en Navarra; entre otros, alguno de los autores del sepulcro de Carlos III el Noble de la catedral gótica de Pamplona.

Gonzalo de Baquedano (1428), caballero y merino de las tierras de Estella, dispuso su sepultura cerca del altar mayor para él y su mujer Teresa de Palomeque, y fundó una capellanía perpetua.

Otro miembro de la misma familia y probable hijo de los anteriores, Lope de Baquedano, vizconde de Marompne, barón de Mellan, merino de Estella y camarero mayor de los reyes de Navarra, en su testamento (1489) mandó ser enterrado en la sepultura donde yacen sus padres y su mujer Ana Périz de Jaso, previo cambio de la losa sepulcral para colocar otra con sus armas y títulos, colocando sobre la sepultura un bulto de alabastro. En un codicilo posterior cambió de opinión, y dispuso ser enterrado en la capilla de Santa María del Rosario.


Parte posterior de la cabecera del templo. Ya no quedan rastros de la tracería del ventanal.

El especiero o apotecario Miguel de Elías (por su apellido, y por haber adoptado para su escudo de armas el aspa de San Andrés, parece que esta familia era estellesa y de origen judío), junto con sus tíos Juana Elías y Pedro Sánchez de Navascués, recibidor de Estella, se enterraron junto al altar del Santísimo Nombre de Jesús, debajo de una losa grande con tres escudos de armas que representaban un león rampante y un aspa de San Andrés. Juana, ya viuda, en su testamento (1407) fundó dos capellanías y legó un cáliz de plata, dejando a su sobrino una viña y un olivar grande detrás de las torres del Arenal (aproximadamente, donde ahora están las oficinas de Renolit), con la condición de que el sobrino y sus herederos mantuviesen encendidas día y noche sendas lámparas de aceite en las iglesias del Sepulcro y de Santo Domingo. Por su parte, Miguel de Elías, en su testamento (1468) legó el olivar a sus herederos, recordando la carga de mantener encendidas las lámparas.

En 1528 frailes y curas se quejaron de que los herederos llevaban dieciocho años sin cumplir sus obligaciones. Demandaron a los herederos, quienes alegaron que hacía unos doce años el olivar se había helado, siendo después replantado, y entendían que no les correspondía entregar el aceite de los años en que estuvo improductivo. El Consejo Real no atendió sus razones, condenándolos a entregar el aceite atrasado y cumplir el testamento (1533).

Como la mancha de aceite se extiende casi sin límite, 95 años después de que se otorgara el testamento, la parroquia del Sepulcro se quejó ante el alcalde Nicolás de Eguía diciendo que Jaime de Echávarri, sucesor de Miguel de Eguía, especiero, y de Catalina de Cabezón, alias Duances, herederos de los Elías, hacía años que no llevaban las 20 docenas de aceite bueno de oliva a que estaban obligados, entregando a regañadientes aceite de Caracas (?) y de ballena, por lo que la lámpara se apagaba a cada momento y no se podía tener encendida ni aunque a ello se dedicara una persona día y noche. El alcalde, dejando a un lado los lazos familiares que le unían a los demandados, les obligó a la entrega puntual del aceite (1563), sentencia confirmada por tres veces, aunque rebajando la obligación de la manda testamentaria.

Termino esta relación de benefactores con Martín de Garísoain, que en el siglo XVII entregó cien ducados para la reparación del retablo mayor que se había caído en 1646, y del que nada se conserva.


Una de las alas del convento, con sus arcos desnudos, a través de los cuales los adolescentes del barrio, familiarizados con las ruinas, cruzaban de lado a lado.

Al final de la Edad Media el espíritu del mundo y la relajación se introdujo en casi todos los monasterios, por lo que el prior del convento dominicano de Vitoria intentó restaurar la vida de observancia incorporando el monasterio estellés a Castilla (1527). Como los conventos sólo podían ser visitados por los superiores de la propia provincia, el prior de Vitoria trató de desembarazarse de estos trámites consiguiendo subrepticiamente unas letras apostólicas que le facultaban para sujetar los monasterios navarros a la obediencia del provincial castellano, lo que provocó la protesta de los monjes aragoneses y navarros. Acudieron al papa, y Clemente VII ordenó que la reforma la hicieran los de la provincia de Aragón, prohibiendo al prior de Vitoria que molestase a los navarros. Al poco tiempo volvieron los castellanos a la carga, parándola Paulo III al retirar a la Orden la facultad de hacer desmembraciones (1546).

Entonces intervino el emperador, ordenando que los conventos navarros pasasen a Castilla (1551). San Pío V se demoró en atender el deseo, pero al final cedió y el traslado se ejecutó en 1568. De esa manera Felipe II consiguió la unión religiosa de Navarra y Castilla, de la misma forma que a principios de siglo se realizó la unión política.


Fotografía anterior a 1930, con la iglesia de Santa María Jus del Castillo a la derecha.

Diez años antes, cuando se creía inminente la anexión, los dominicos de Pamplona procuraron esconder el dinero con intención de transferirlo al reino de Aragón, como lo habían hecho los franciscanos. Tan pronto como el hecho llegó a oídos de Felipe II, por medio del virrey de Navarra ordenó que los bienes y el dinero no fueran escondidos ni transportados mientras se ejecutaba la separación de los monasterios.

No sé qué fue de los bienes del convento de Pamplona. Respecto del de Estella, en 1688 los dominicos estelleses afirmaban que los aragoneses se llevaron la mayor parte de las alhajas, privilegios, reliquias (una canilla de Santo Tomás de Aquino, otra de San Vicente de Ferrer, cabellos de la Magdalena...) y otros objetos y documentos, pudiendo comprobarse que en el archivo del monasterio se conservaban pocos documentos anteriores a la anexión, y ningún libro de gasto, capitales o misas.

En el convento radicaban la cofradía del Rosario (era de los pelaires y existía a ya en 1512), la del Cíngulo de Santo Tomás, y la del Santísimo Nombre de Jesús, que con el paso del tiempo absorbió a la del Rosario. En la del Nombre de Jesús, fundada en 1615, se daban cita las familias más importantes de la ciudad, entre las que encontramos a Juan de Aguirre y Gamarra, padre de la fundadora y mecenas del convento de Recoletas, el escultor Juan Imberto, y Luis Ladrón de Cegama, benefactor del Puy.

Aunque se ignora si los zapateros tenían cofradía, en la iglesia de Santo Domingo ardía noche y día una lámpara que ellos costeaban en reconocimiento a la casa que los dominicos les tenían cedida para albergar su hospital.


Lado del Evangelio de la iglesia visto a través de la puerta de acceso.

En 1589 corrió por Navarra el rumor del traslado de la colegiata de Roncesvalles a un lugar más seguro para ponerla a resguardo de un posible ataque de los hugonotes. La intención era trasladarla a la casa de Atarrabia en Villava, a lo que se opuso el ayuntamiento de Estella elevando un memorial al rey en el que afirmaba que en ningún sitio estaría más segura que en el convento de Santo Domingo, "que es casa real, espaciosa y de grandes edificios de cal y canto", con iglesia capaz y buen claustro. Decía nuestro ayuntamiento que "en estos tiempos no se hará (el edificio) con cien mil ducados, y se entiende que los frailes, por estar en sitio algo alto y desacomodado al concurso de gente, holgarían dexar la casa y baxarse a lo más llano y más frecuentado de la gente de la ciudad para tener mejor comodidad de misas y limosnas". En caso de que los dominicos no quisiesen ceder su monasterio o exigiesen un precio excesivo, propuso el de la Merced o el hospital general de la ciudad que estaba junto al río en el espacio que media entre Renolit y el tanatorio.

En su razonamiento, el ayuntamiento advertía a S. M. que Villava está a seis leguas de Roncesvalles, entre gente de montaña común y de poco valer, y que por su proximidad a la frontera pueden venir y volver los hugonotes en una noche "robando la imagen de nuestra Señora, reliquias y tesoros; que aunque está a una legua de Pamplona, por ser presidio y estar cerrada (la ciudad) cada noche, no le podrá socorrer", mientras que "Estella, por estar cerca de Castilla y porque para ir a ella habrán de pasar junto a Pamplona, la villa de Puente y otras villas y lugares, que será imposible dexar de ser sentidos". Desaconsejaba también el traslado a Tafalla por estar desplazada del camino de romeraje (Camino de Santiago).


Nave de la iglesia tomada desde la cabecera.

En cambio la ciudad de Estella, continuaba el memorial, "aunque pasa un río caudal por medio de ella, es de buen cielo y suelo sano y templado en todo tiempo, y está a tres leguas del reino de Castilla y es la segunda ciudad del dicho reino de Navarra, y primera después de Pamplona, cabeza de merindad de mucha población y gran comarca proveída de todos los bastimentos. Tiene mercado franco los jueves y sábados y un gran concurso de gente y los peregrinos que vienen a Roncesvalles y van a Santiago, pasan camino derecho por el camino romeraje, que antiguamente tuvo privilegio de lugar sagrado; que desde San Juan del Pie del Puerto está enlosado por todo el reino y atraviesa la dicha ciudad, y en ella se halla la espalda del señor Sant Andrés apóstol en hueso y carne, que un santo obispo de Patras, haciendo esta peregrinación, murió en ella y la dexó, la cual fue visitada por la majestad del emperador Carlos V, de felice memoria; y favorecida la iglesia donde está con mucha limosna, y antes el rey don Carlos y otros de Navarra la visitaron y reverenciaron con muchas mercedes y privilegios".

Nada se movió: Roncesvalles quedó donde estaba, y los dominicos continuaron tranquilamente en su monasterio, dedicados a la oración, a la vida activa, y al socorro a los peregrinos jacobeos.

A la vista del razonamiento estellés, uno piensa que con el correr de los siglos no hemos avanzado en sensibilidad. En los años setenta del siglo XX ese monasterio que cuatro centurias antes el regimiento estellés lo consideraba "desacomodado" se habilitó para residencia de ancianos (cárcel, en realidad, por lo aislada) por iniciativa de un estellés que compaginaba la alcaldía de la ciudad y la vicepresidencia de la Diputación. Tampoco el Camino de Santiago está ahora como para lanzar campanas al vuelo.


El convento en el primer tercio del siglo XX.

Con la invasión de los franceses los nueve religiosos que lo habitaban tuvieron que abandonar el convento (1809), el cual poseía doce casas en la ciudad. El comisionado José de Mendía, vicario de San Miguel, manifestó el 30 de septiembre de 1809 que no estando seguros los vasos sagrados y las alhajas en el convento de Santo Domingo por hallarse fuera de la ciudad en sitio muy expuesto al asalto y robo, los había llevado a su propia casa, donde los tenía en su poder con la seguridad debida hasta que la superioridad le ordenase entregarlos. La orden no tardó en llegarle. El 18 de octubre del mismo año los comandantes de la tropa francesa le mandaron entregar todas las alhajas de plata del convento de Santo Domingo, lo que cumplió el clérigo.

Puede adivinarse el destino que recibirían, salvo un copón mediano de plata, un cáliz, patena y cucharilla de lo mismo, que en virtud del decreto del 9 marzo 1811 se entregaron a la parroquia de Cenoz.

No contentos con eso, la Junta Interina Administradora de Bienes Nacionales encomendó a dos albañiles que tasasen el convento y valoraran el coste necesario para convertirlo en viviendas.

El informe fue desalentador: Santo Domingo, excluida la iglesia, podía valer doscientos ochenta y dos mil cincuenta y ocho reales de a dieciséis cuartos. Para habilitar las catorce viviendas sería necesario invertir seis mil doscientos reales aprovechándose las puertas y ventanas que se hallaban custodiadas en el edificio. El monasterio comprendía igualmente tres piezas extraordinariamente grandes, que se podrían arrendar para graneros, bodegas y otros destinos.

Teniendo en cuenta el sitio de poca estimación en que se hallaba el convento por la separación del pueblo y su posición en bastante altura, las catorce viviendas y las tres piezas podrían rentar anualmente mil ciento once reales de a dieciséis cuartos. Renta muy pequeña en comparación del valor del edificio y del gasto necesario para transformarlo en viviendas.


La iglesia de San Miguel Arcángel vista a través de un ventanal del convento.

Pasada la época napoleónica, en junio de 1814 volvió a instalarse la comunidad en el monasterio, y aquel año un elevado número de personas hicieron ejercicios espirituales en el convento. Los frailes reanudaron las clases de moral, y la cofradía del Rosario y del Santísimo Nombre de Jesús reanudó su actividad normal.

Siete años después tuvieron que volver a dejarlo, arrojados en este caso por los liberales. El 1 de mayo de 1823 volvieron los frailes, y con las limosnas recibidas empedraron las escaleras, blanquearon las paredes, rehicieron puertas y ventanas, y adquirieron lo necesario para la vida diaria del convento; compraron al ayuntamiento la piedra y el terreno situado entre la esquina de la huerta y el portal de Santa María, arrendaron una viña en Los Castillos, y en enero de 1826 compraron dos fincas a la parroquia de Santa María con la intención, al parecer, de hacer de sus posesiones un coto redondo.

Es probable que corresponda a estos años la anécdota que contaba mi padre cuando por un camino que pasaba junto al monasterio íbamos a trabajar a una finca situada un poco más adelante en un paraje que denominábamos "El Fosal". Mi padre señalaba una finca estrecha y alargada situada al pie del camino y rodeada de pared, y me decía que los frailes ofrecieron al propietario tanto dinero como la suma necesaria para rodear la finca de monedas. El propietario no aceptó la cuantiosa oferta, y conservó la propiedad.


El costillar de las ruinas. Al fondo, la ciudad.

En diciembre de 1839 se produjo la supresión definitiva, víctima de la ley de Desamortización. En 1844 fue tasado en 400.864 reales, no encontrando comprador. En 1845 su estado de conservación era mediano y estaba destinado a hospital militar. El 2 de octubre de 1846 el Alcalde recibió el aviso del robo de varias puertas y ventanas, y por el hueco que algunos abrieron en el muro entraban los mendigos y nómadas, según informaba el fiscal en 1845, y según lo hemos conocido antes de su restauración.

El convento quedó sin uso y abandonado, y la acción del hombre, unida a la inclemencia del tiempo, hizo que rápidamente se desmoronase y quedase convertido en un esqueleto cuyas costillas, desprovistas de bóvedas y techumbre, desafiaban al cielo.

Cuando en 1886 lo visitó el arqueólogo Pedro de Madrazo, no quedaba en pie más que la "osamenta" del edificio: "De esta suntuosa fábrica sólo conserva Estella el grandioso exterior que ves descollando en la parte alta de la población (...) y que contemplas coronando la altura con fantásticos pabellones de hiedra, protectores compasivos de la veneranda ruina. La osamenta del gran edificio es lo único que queda en pié, marcando los robustos contrafuertes del templo los tramos en que se hallaba interiormente dividida su única e inmensa nave, y pregonando las ventanas apuntadas que a trechos se descubren en los aportillados muros, donde tal vez aún duran, como tenaces reminiscencias de la estética de la Edad-Media cristiana, delicadas molduras y elegantes adornos de piedra, la sobria y bien entendida gala decorativa de la arquitectura gótica del siglo XIII. Observa en ese interior, cuya bóveda está toda hundida; y donde los arcos ojivos  que los sustentaron han quedado al aire semejantes a las costillas de un gigantesco esqueleto, qué atrevida y bella y al propio tiempo cuán sólida y razonada era la estructura de los edificios góticos del primer período ojival, cuando a pesar del abandono absoluto en que se halla éste desde hace tantos años, aún se mantiene en pié y aún consentiría ser restaurado conservando su armazón primitivo.

En la derruida nave de la iglesia hay a la parte del Evangelio un enterramiento de piedra blanca metido en una profunda hornacina, en cuyo fondo; abierto por vandálica mano, hay un boquete por donde hoy se registra la parte baja de la ciudad, que queda a una gran profundidad vista desde aquel agujero. Cae sobre esa hornacina una larga y tupida cortina de hiedra, que casi toca con sus hojosos filamentos  el rostro del personaje que en marmórea efigie duerme allí el sueño de la muerte, y sólo en románticas escenografías teatrales nunca tan imponentes y solemnes como esta ,que es real y verdadera será posible hallar un cuadro que se aproxime al que este sepulcro ofrecerá cuando el viento, con melancólico zumbido, penetrando por ese descalabrado muro mueva la cortina de hiedra sobre la rígida figura del caballero alumbrado por la claridad de la luna, y dibuje en su semblante sombras intermitentes que simulen dolorosas contracciones".


Foto de hacia 1950. Al pie de la carretera, la desaparecida fábrica de embutidos de Luis Espadas.

Pocos años antes (1878), Mañe y Flaquer escribía: "ruinas grandiosas que revelan la importancia que tuvo este suntuoso edificio. Hoy sólo quedan de él poco más que las paredes, sin techos ni bóvedas. Tristeza y respeto a la vez imprime en el ánimo el aspecto de aquellos restos de una obra verdaderamente monumental, que da testimonio de la religiosidad, del ánimo levantado y del gusto artístico de nuestros mayores, y de la ruindad de los tiempos presentes. Para el arqueólogo aun han quedado algunos curiosos sepulcros y fragmentos arquitectónicos interesantes (...). Al pasearme por entre estos imponentes restos del majestuoso monumento, tuve una sorpresa que me impresionó vivamente: sobre la cabeza de la estatua yacente de un obispo, vi posada una tórtola que me dejó acercar hasta muy pocos pasos de ella. Parecía como que velaba amorosa sobre aquel sepulcro abandonado hoy a todas las intemperies y a todas las profanaciones".

El 12 de julio de 1923 el ayuntamiento encargó a quién había sido arquitecto municipal, Matías Colmenares Errea, a la sazón establecido en Barcelona, el encargo de ordenar Estella. Influido por el Plan Cerdá que cuadriculó la expansión de la ciudad Condal, presentó un proyecto de reforma global que de haberse llevado a cabo hubiera destrozado la ciudad al ordenar su casco antiguo en torno a anchas calles perpendiculares que cortaban la estructura urbana medieval.

Pero dentro de su desafortunada propuesta el plan Colmenares tenía un elemento positivo: proponía la creación de un parque arqueológico alrededor de Santo Domingo. Idea que con el nombre de Parque Cultural volvió a tomar cuerpo en el último gobierno de Felipe González, del cual se recibió una partida de dinero con la que se derribó la fábrica de curtidos Ruiz de Alda y se construyó el parque que hay delante del Santo Sepulcro. Hoy este interesante proyecto está olvidado, y no parece que la pertenencia de la Alcaldesa de la ciudad al mismo partido que el Gobierno de la nación sirva para relanzar la idea.


El convento, abandonado, sirvió de corral ocasional, y en él se cobijaron caravanas de nómadas dejando, a veces, la sangre que brotaba de las cuchilladas por las que se escapaba la vida.

Cuando a principios del siglo XX se construyó el cuartel de Estella, los militares pensaron derribarlo para aprovechar su piedra en la construcción del nuevo edificio. Se salvó por los pelos: Corpus Salvatierra, aparejador estellés que compaginaba el ejercicio libre de su profesión y el asesoramiento al Ayuntamiento, encabezando un grupo de estelleses inquietos compró el convento y lo salvó para la posteridad.

Según documentación municipal, en un pleno ordinario celebrado el  2 de julio de 1906, el concejal Emiliano Zorrilla dice haber oído que los ingenieros responsables de las obras del cuartel tienen intención de utilizar la piedra del convento, y propone el nombramiento de una comisión que realice las gestiones para impedirlo. La Corporación no se muestra unánime, y si bien se delega la gestión en los Srs. Zorrilla y Lorente, el concejal Ruiz de Alda se manifiesta contrario, alegando que tal como se hallan las ruinas solo sirven para "guarda de gente maleante", y el concejal Zuza también discrepa pues siendo Alcalde "por dos veces ha solicitado al Estado la cesión de la piedra para emplearla en obras municipales".

Cinco días después el Sr. Zorrilla lee en pleno una carta del responsable militar, que dice: "Respecto a las ruinas de Santo Domingo, ya hice hace días la petición oficial, y nada me resta que hacer. A título informativo le hago presente que cuando el año pasado 1903 vine a escoger solar para el proyectado cuartel, el primero que me enseñó la comisión, formada por el Alcalde Sr. Goizueta y el concejal Sr. Lacarra fue el derruido convento de Santo Domingo, que no acepté por su poca superficie; esta circunstancia, unida al hecho de que en varias ocasiones (creo que tres) el Ayuntamiento ha soliciatado del Estado el derribo de las citadas ruinas explica que yo haya tenido la profunda convicción de que el Ayuntamiento no habría cambiado de opinión y deseaba el derribo, que yo pido, porque beneficiaría los intereses del Estado que me están encomendados".

El Sr. Zorrilla solicita el apoyo del Diputado a Cortes por el Distrito, Sr. Llorens, para que haga gestiones en el Ministerio de Hacienda, y ante el General López Dominguez, con el que le une una gran amistad. Gestiones parecen dar fruto, optando el Estado por vender el convento y así cambiar las piedras por dinero.   

Julio Altadill, activo en todo este proceso -y no precisamente para conservar el convento-, y firmante, como Comisario de Guerra de 2ª Clase y representante de  los derechos y propiedades del Estado en Navarra, en la escritura de cesión al Estado de los terrenos donde se construyó el cuartel, en el Boletín de la Comisión de Monumentos de Navarra de 1917 lo narra así: "Merced a la diligencia y celo de (...) Emiliano Zorrilla (era el representante de la Comisión en Estella), tuvimos conocimiento de que por la Administración de Hacienda de Navarra había sido anunciada una subasta de enajenación del antiguo y ruinoso convento de Santo Domingo (...). No había ya lugar para obtener una exención de venta (...) De las vacilaciones que aquel alarmante aviso nos produjo, vino a sacarnos (...) el patriotismo de los estelleses". Reaccionaron altruistamente, y dijeron: «nosotros compraremos esas ruinas; y cuando sean nuestras, se las cederemos á nuestro Ayuntamiento para que siempre se conserve enhiesto tan precioso vestigio». (...) Como lo pensaron, lo hicieron aquellos patriotas y buenos hijos; pusieron su peculio a servicio de la idea, y tan pronto recaiga la adjudicación definitiva traspasarán la propiedad a la dignísima Corporación municipal".


Otra imagen de la ciudad vista a través de la puerta de acceso a la iglesia.

Conocida la noticia, el 16 de octubre la Comisión de Monumentos envió a Zorrilla el siguiente escrito: "... si pena profunda nos produjo el anuncio de aquella venta, satisfacción muy íntima y entusiasmo cual pocas veces experimentamos, ha aportado á esta Comisión la patriótica conducta de usted, de los Sres. D. Máximo Goizueta, D. Manuel Irujo y D. Corpus Salvatierra, como también del ilustre Ayuntamiento de la histórica ciudad de Estella, asociándose todos con una generosidad y altruismo dignos de figurar como modelo de universal aplauso (...), evitando con su desprendimiento la desaparición de aquellas ruinas que son un retazo de su Historia y de la de Navarra (...) Patricios ejemplares que con su peculio privado evitan la extinción de esos venerandos recuerdos, conducta plausible que el dignísimo Ayuntamiento ha secundado con tanto entusiasmo como actividad y acierto (...) Todo lo cual insertamos en el presente BOLETÍN para que el proceder del pueblo y del Ayuntamiento de Estella sirva de espejo en que se miren todos los pueblos y los Ayuntamientos de Navarra, no consintiendo que autoridad alguna, sea cual fuere, les arrebate lo que es suyo, lo que forma parte de su historia, lo que afecta á su patrimonio artístico ó á sus tradicionales prestigios, llegando al sacrificio pecuniario, como ha hecho Estella, si es preciso; y hasta la violencia, si aquel sacrificio no es bastante. Así se salvaron también la Virgen de Huarte, la sillería de Los Arcos, el báculo de Patras, los tibores de Puente la Reina, el Palacio-Castillo de Olite, el monasterio de Irache, etc.; y por no cumplir como buenos ha perdido Legasa su rica imagen de Santa Ana y María, las Recoletas sus tapices, Abárzuza su arquilla bizantina, Villatuerta su Virgen venerada, el convento de Santa Clara su Virgen de marfil, San Pedro de la Rúa su arqueta tallada, la iglesia de Sada su maravilloso terno, y tantos otros tesoros como aparecen en nuestra lista negra, arrebatados al culto de devotos feligreses (...)Las personas que más activamente han intervenido en este asunto y cuyos nombres merecen salir á luz, para que de la opinión pública reciban el debido galardón, son los siguientes: D. Tomás Beruete, D. Pedro Emiliano Zorrilla, D. Máximo Goizueta, D. Manuel Irujo, D. Corpus Salvatierra, D. Enrique Beruete, D. Salvador García, D. Pedro Fernández, don Jenaro Azanza, D. Cruz Urra, D. Dionisio Martínez, D. Marcelo García, D. Nicanor Larráinzar, D. Antonio (¿Antonino?) Yoldi y D. Cayetano Echauri (...).  Pamplona 16 Octubre 1917".

El convento se salvó, pero continuó abandonado: en 1919 La Merindad Estellesa recibía denuncias vecinales de que estaba convertido en un muladar, y por los años 50, cuando se construyó junto a la basílica del Puy el convento de las Escolapias (hoy de las benedictinas), las piedras de las ruinas sirvieron para rellenar los cimientos del nuevo convento. Pocos años después, durante la restauración del edificio se retiraron los materiales derrumbados y se excavaron los suelos de naves y claustro, y al vertedero de la Pieza del Conde fueron a parar escombros y esqueletos, con cuyos blancos huesos y cráneos jugaron los niños del barrio de La Merced.


Santo Domingo, cubierto de cencellada o lanchurdia, el 25 de diciembre de 2005.

De sus ruinas se enamoró el pintor Sert, y pensó restaurarlas a su costa para instalar su estudio. De sus ruinas hemos estado enamoramos todos los estelleses, y en esa situación ruinosa y bella lo conocí antes de que en 1962 se bendijera la primera piedra de su reconstrucción, permitiendo que los dominicos volvieran a ocuparlo en 1965, precedidos por el General de la Orden, que entró en el convento bajo palio. Cinco años después lo abandonaron los frailes, y el ala nueva que se levantó desde los cimientos fue reconvertida en residencia de ancianos.

Sin uso quedó la imponente iglesia (hoy alberga los Gigantes, y en ella se celebra la cena medieval con la que los Amigos del Camino de Santiago de Estella obsequia a los participantes a la Semana de Estudios Medievales), y cuando los ladrones se llevaron todo el tesoro de la capilla de San Andrés, a una iniciativa mía respondió el Gobierno de Navarra con el proyecto (1982), pronto olvidado, de habilitar la iglesia para crear un museo de arte religioso que recogiera y guardara los objetos religiosos que en la ciudad y en los pueblos no tienen culto.

Hace dos años se pensó hacer en él el segundo Parador Nacional de Navarra, pero los errores de la Alcaldesa de Estella, unidos al deseo del Gobierno de Navarra de ahorrarse la construcción de una nueva residencia de ancianos, trasladaron el proyecto al cercano monasterio de Irache, en Ayegui.


Foto reciente, pero de sabor antiguo, tomada desde el palacio de Eguía, actual biblioteca de la ciudad.

A modo de epílogo del presente reportaje, voy a escribir unas líneas sobre los Dominicos y su fundador:

Santo Domingo de Guzmán nació en Caleruega (Burgos) a finales de 1171, en el seno de una familia noble relacionada con la corte. En la pubertad fue enviado a estudiar Artes Liberales, centrando su actividad en el conocimiento de la teología. Ordenado sacerdote, acompañó al obispo de Osma en misión diplomática a Dinamarca (1203), y a su paso por centroeuropa tuvo contacto con las herejías de los  albigenses, cátaros y valdenses, cuyos errores combatió desde el apostolado y la pobreza, fundando en 1217 la orden de los Frailes Predicadores o Dominicos. Estando desanimado por el escaso eco de su predicación, se adentró en un bosque, y tras tres días y tres noches de penitencia se le apareció la Virgen y le entregó el Rosario (también conocido como Salterio de la Virgen María, era la herramienta que utilizaban los que no sabían leer para contar las 150 oraciones que sustituían a los 150 Salmos de la Biblia que los religiosos tenían que rezar cada semana) para que lo utilizara como arma poderosa para ganar almas. Coetáneo de San Francisco de Asís, cuya amistad cultivó, murió en Bolonia en 1221, siendo canonizado por Gregorio IX en 1234. Se le representa acompañado de un perro que lleva un hueso en la boca: el can es el defensor de la Iglesia; el hueso, ya roído, los herejes.
Los dominicos -y los franciscanos-, con sus conventos en las ciudades y su constante predicación, fueron una revolución en una Iglesia en la que los monjes, con sus conventos apartados en el campo, se dedicaban a la vida contemplativa.

Dieron santos como Tomás de Aquino. Pero su labor está empañada por la Inquisición. Institución creada por Gregorio IX en 1231 para combatir desviaciones heréticas, cuya dirección estuvo confiada, casi en exclusiva, a franciscanos y dominicos. Combatió las herejías a sangre y tormento, llenando centroeuropa de víctimas. De la mano de los Reyes Católicos se estableció en España en 1478, llevando al patíbulo a conversos sospechosos, supuestos herejes, pobres gentes acusadas de brujería, y cuantos por sus ideas representaban un peligro para una Iglesia centrada en la más rigurosa ortodoxia.

Nota: Para la redacción de este reportaje, y del que le seguirá, he consultado las siguientes obras:

    "Historia Eclesiástica de Estella", y artículos publicados en la "Revista Príncipe de Viana", de José Goñi Gaztambide.
    "Estrella cautiva, o Historia de la ciudad de Estella", de Francisco de Eguía y Beaumont (1664).
    "Memorias históricas de la ciudad de Estella", de Baltasar de Lezáun y Andía (1698).
    "Gran Enciclopedia de Navarra", varios autores.
    "Catalogo Monumental de Navarra", varios autores.
    "Navarra y Logroño", de Pedro de Madrazo (1886).
    "El Oasis. Viaje al País de los Fueros", de Mañé y Flaquer (1878-80).
    "Boletín de la Comisión de Monumentos de Navarra", artículo de Julio Altadill (1917).
    "Navarra 1512-1530", de Pedro Esarte.
    "Revista de Fiestas de Estella", Imprenta Zunzarren 1962.
    "Arte y Monarquía Navarra 1328-1425", de Javier Martínez de Aguirre.
    "Emblemas heráldicos en el arte medieval navarro", de Javier Martínez de Aguirre y Faustino Menéndez Pidal.

Mi agradecimiento a los autores, y a las personas que me han cedido las fotografías: Domingo Llauró, Mª Teresa Labayru, Juan Carlos Duñabeitia, José Isaba, y a cuantos tuvieron la sensibilidad de captarlas: Ricardo Erce, Aurelio Alonso, Gabino Sanz, Jesús Galdeano, Domingo Llauró y otras personas cuyo nombre no me consta.

Junio 2006

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© Javier Hermoso de Mendoza