Rocamador

El pequeño templo de Santa María de Rocamador de Estella, su historia, su arte, y la imagen que en él se venera, es poco conocido por los estelleses. Especialmente, su ábside románico.

A su divulgación dedico este reportaje, incluyendo una breve reseña de la orden capuchina, del Rocamadour francés, y de la Virgen de Rocamador que se venera en Sangüesa.


La Virgen de Rocamador de Estella es un bello ejemplar de finales del  siglo XII, de 88 cm. de altura, y su figura está sentada en una especie de trono bastante insólito en nuestra región y sumamente original. Viste una complicada indumentaria compuesta de túnica, sobretúnica que dibuja un curioso plegado sobre la pierna derecha, toca anudada detrás de la nuca, y manto abierto, mientras que el Niño lleva túnica con orla al cuello y manto a modo de toga romana. La corona originaria ha sido sustituida por la que ahora lleva (el Niño nunca llevó corona), y la granada que porta en su mano derecha es, como todo el antebrazo, una incorporación moderna.

Las advocaciones a esta Virgen proceden del santuario de Nuestra Señora de Rocamadour, en Quercy (Francia), y en España, que son bastante exóticas, fueron transmitidas por peregrinos jacobeos (una de las rutas del Camino de Santiago pasaba por el santuario galo) y pobladores franceses que se establecieron en algunas poblaciones del Camino (la Virgen del Puy de Estella tiene el mismo origen).


El rostro de María irradia serena expresión y presenta un óvalo casi perfecto en el que se integran los ojos almendrados, la nariz rectilínea y una boca menuda. El cuerpo presenta piernas paralelas en ángulo recto, y mientras el brazo derecho forma ángulo de 90º, el otro, más abierto, se apoya en la rodilla y sujeta al Niño por la parte inferior. Éste, sentado sobre la pierna izquierda de María, bendice con la diestra levantada mientras que con la otra mano sujeta un libro. La imagen, junto con Santa María la Real de Pamplona, y Santa María la Real de Irache, de la que toma modelo, se aleja de los modelos generalizados en la iconografía mariana del periodo románico en Navarra y en el País Vasco. Esta virgen estellesa sirvió de prototipo a las de Zumadoya en Gastiáin, de Bañano en Torralba, y del Rosario en Izurzu. En la fotografía, Virgen y Niño, con ostentosa corona, en el altar barroco construido hacia 1742 y retirado cuando en 1967 se limpió el ábside.

Cuenta la leyenda que la Virgen María, después de su Asunción a los cielos, se apareció a su antiguo criado Zaqueo el publicano y le ordenó que se trasladara a las Galias para hacer vida eremítica. Llegado a Francia, después de fundar el santuario de Le Puy se trasladó a Quercy, moró en la oquedad de una roca, levantó una capilla, y conocido por los indígenas paganos como "Amator Rupium" (Amador de las rocas), recibió el nombre de Amador, y Roc-Amador (roca de Amador) pasó a ser el de la roca en que habitaba, que a través de la lengua d´Oc derivó en Rochemadour


La basílica está situada en la afueras de la ciudad, en dirección a Irache, junto al portal de San Nicolás, o de Castilla, por el que salían los peregrinos camino de Compostela. Francisco de Eguía y Beaumont, primer historiador de la ciudad, afirma que "es una basílica de grandísima devoción". Dice que tiene por ermitaño un sacerdote, casa, "muy buena huerta deliciosa", y atribuye su antigüedad al tiempo de los gentiles.

Amador falleció, y fue olvidado hasta que en 1116 se descubrió su cuerpo incorrupto en una sepultura excavada en la roca a la entrada del eremitorio (leyendas aparte, se cree que los restos de San Amador fueron traídos en el siglo IX desde la Bretaña francesa para ponerlos a salvo de las incursiones normandas).

El santo cuerpo fue trasladado a la ermita de la Virgen, comenzando los milagros que dieron a Rocamadour fama universal y lo convirtieron en lugar de peregrinación al que acudían reyes, obispos y fieles de toda la cristiandad.


A la izquierda, donación de Sancho VII el Fuerte al santuario francés, que muchos, equivocadamente, lo han atribuido al Rocamador estellés.
A la derecha, documento en el que se cita la reedificación de la iglesia merced a los bienes dejados por el beneficiado de San Pedro de Larrúa, Francisco López de Dicastillo, en testamento otorgado en 1688 ante José Hermoso de Mendoza.

También había peregrinaciones impuestas: cuando el canciller Guillermo de Nogaret (1260-1313) luchó contra Bonifacio VIII teniendo la osadía de encarcelarlo y abofetear su rostro con guantelete de hierro, para levantarle la excomunión Clemente V puso como condición que participara en la cruzada, y mientras ésta se organizaba debía peregrinar a ocho santuarios entre los que se encontraba Rocamadour y Compostela.

Ésta práctica pasó al campo civil, llegando a ser conocido su nombre en los Países Bajos como sinónimo de castigo expiatorio por delitos graves.


El ábside, semicilíndrico, recorrido todo ello por una imposta lisa, se cubre de bóveda de horno y un tramo de bóveda de medio cañón la precede.

La devoción a esa Virgen Negra se extendió por toda Francia, especialmente por Bretaña, donde era venerada como patrona de marineros y pescadores.

En Navarra se veneraba en Estella y Sangüesa. En Olite se organizó una cofradía, y los navarros extendieron su devoción por España.


De la construcción original es el doble arco de acceso al ábside. Apoya el exterior en pilar rematado en pequeño capitel, y el interior en otro de mayor tamaño que actúa como ménsula al quedar suspendido en el muro. Estos capiteles se decoran con motivos vegetales que representan hojas de realización esquemática con los extremos a modo de volutas. En la parte superior de la fotografía, la bóveda de cañón a la izquierda, y la de horno a la derecha.

El rey Sancho VII el Fuerte donó al monasterio de Quercy un censo de 41 monedas de oro, que correspondían a los ingresos que recibía de la carnicería vieja de Estella y de los molinos de Villatuerta, para que día y noche ardiera una vela ante el altar de la Virgen por su alma y la de sus padres, y 24 luminarias en las fiestas principales, destinando una moneda para el incienso quemado en esas festividades, y otra para el predicador.


Imagen exterior del ábside románico, con añadido del periodo barroco en ladrillo

Algunos autores creen que el origen del santuario estellés está en la casa que levantaron los monjes franceses para poder cobrar el censo que el rey les había otorgado.

Esos mismos autores dicen que los monjes, como agradecimiento, costearon la fuente de la Mona que hoy vemos en la plaza de San Martín.

No sé que fundamento tiene esta afirmación, pero el agua de la fuente, hasta la traída de aguas a la ciudad a principios del siglo XX, llegaba canalizada desde las proximidades del santuario.

Madrazo le da mayor antigüedad, y dice que "debió de fundarse a poco de haberse poblado la parte baja de la ciudad, reinando Sancho el Sabio".


Al ábside se adosan dos robustas semicolumnas que culminan en capiteles vegetales. El de la izquierda está decorado con roleos de hojas perladas en su interior, en cuyos ángulos se mezclan piñas. El de la derecha presenta piñas en las caras interiores, e hileras de hojas perladas y decrecientes a modo de encaje en la exterior. En la parte inferior de la composición vemos alguno de los canes más sencillos, formados por modillones de variadas figuras, entre los que hay uno compuesto por dos niveles de pencas muy detalladas.

El Fuero General de Navarra disponía que ningún deudor que vaya a Rocamadour pueda ser preso ni ejecutado en el espacio de quince días. Privilegio que alcanzaba el mes para el peregrino a Santiago, tres meses para el romero que iba a Roma, un año al de Ultramar, y un año y un día para el palmero que acudía a Jerusalén.


Dentro de la estética monstruosa del románico, entre los canes, abajo a la izquierda, vemos una figura con cuerpo de ave, patas de cuadrúpedo y cabeza de orejas puntiagudas. Algunos autores relacionan las esculturas de este ábside con las del templo de Ydes (Cantal, Francia).

Encontrado el sepulcro de San Amador, de la mano de los monjes de Cluny se difundió su culto, se extendieron por la Cristiandad los milagros de la Virgen, y hacia 1172 recogieron en un libro 126 hechos portentosos.

El número 36, con el título "De la mujer que no pudo ser ahogada", se refiere a Sancha, llamada también Leefans (l´Enfans = la Infanta) o Leofás, hija de García Ramírez el Restaurador y hermana de Sancho el Sabio, reyes de Navarra.

Cuenta que la Infanta quedó viuda de Gastón de Bearne, sin descendencia, pero encinta, lo que llenó de esperanza a los bearneses. Sin embargo, a los 40 días abortó, y acusada de haber dado muerte a la criatura que llevaba en sus entrañas fue condenada a sufrir la prueba del agua. Para ello, en Sauveterre, cerca de Orthez, debía ser arrojada, atada de pies y manos a un escudo de acero, desde un altísimo puente a las aguas del Gave.


Completan la serie, arriba a la izquierda, sobre un cuerpo de animal lampiño, una cabeza mitad humana y animal con grandes ojos, enorme boca abierta en la que destaca un solo diente, y cabello que cae mechado y aplastado;  arriba a la derecha, un ave con el cuello cortado; abajo a la izquierda, un animal monstruoso con cuerpo de ave de puntiagudas alas, patas de caballo y cabeza humana cubierta por cogulla; abajo a la derecha, un rostro masculino muy expresivo con cabello y barba minuciosamente esculpidos.

Miles de personas acudieron al espectáculo, insultándola unos, compadeciéndola otros, rogando por su alma los demás. La Infanta invocó el auxilio de la Virgen, la puso por testigo de su inocencia, y arrojada al agua se deslizó suavemente por la superficie hasta ser depositada sana y salva sobre la arena de la orilla a tres tiros de arco del puente.

Los suyos la llevaron en triunfo a palacio, y la Infanta, en señal de agradecimiento, confeccionó una preciosa tapicería que en 1170 entregó a Géraud, abad de Rocamadour, que en aquel momento regresaba de Compostela.

Poco después casó con Pedro Manrique de Lara, y sus restos descansan en el monasterio de Santa María de Huerta (Soria).


Marcas de cantero, casi todas de la cara exterior del ábside. Por necesidad de completar la composición hay dos que corresponden a la misma marca.

Construido el santuario en la ciudad del Ega, el único documento de la Edad Media que lo cita es un Registro de Comptos (cuentas) de Pelegrín Esteban, prevost de Estella, en el que consta que en 1280 ardía una lámpara a expensas de la Corona.

El siguiente documento en citarlo data del 7 de agosto de 1535. Es la condena que impuso Miguel de Eguía, alcalde de Estella, al Dr. San Cristóbal, porque un criado suyo acarreó paja el día de la Transfiguración, violando la ley de la ciudad que prohibía trabajar en festivos.

A partir de entonces toda la documentación lo considera una modesta dependencia de la parroquia de San Pedro de Larrúa, que no tuvo derecho a beata ni ermitaño hasta que se reedificó el templo.


La actual fachada corresponde a la reforma llevada a cabo por Santiago Raon entre 1689 y 1691, fecha, esta última, esculpida en la hornacina. Sigue el esquema característico de las iglesias conventuales, con paño de marca verticalidad que suavizan la faja lisa y el frontón triangular roto que la remata, sobre el que apoya una espadaña de ladrillo. Completan la fachada dos vanos rectangulares, un óculo, la puerta adintelada con mochetas y orejetas, y una hornacina rematada en cruz que cobija una escultura en piedra de la Virgen con el Niño, coronada de ángeles, que sigue modelos renacentistas del segundo tercio del siglo XVI. A la derecha, el convento de los padres Capuchinos.

A pesar de la calidad de lo que ha perdurado, durante la Edad Media fue una iglesia muy pobre, y la limosna que se recogía para su mantenimiento sólo daba para cubrir los gastos de luminaria. Cuando en 1630 la inspeccionó el Visitador General del obispado, halló el edificio en mal estado, con peligro de caerse.

Todo cambió cuando Francisco López de Dicastillo, beneficiado de San Pedro de Larrúa, en testamento otorgado en 1688 ante el notario José Hermoso de Mendoza dejó todos sus bienes para "ampliación de su iglesia y casa, que era muy abreviada y poco decente por su mucha antigüedad y contrariedad de los tiempos".


Obsérvese que la Virgen de la hornacina tiene al Niño en la mano contraria a la habitual. Cuenta la leyenda, que durante la celebración de la fiesta de San Felipe y Santiago, un joven resultó muerto a consecuencia de una reyerta. El malhechor y sus amigos hicieron recaer la sospecha sobre un mozo de Arróniz que se hallaba en la fiesta, el cual fue condenado a muerte. En el momento de ser ajusticiado delante del santuario (allí se ahorcaba a los reos, como puede leerse en los reportajes Vera Cruz II y La Procesión), proclamó su inocencia, y poniendo a la Virgen por testigo dijo a los presentes: "Sí, soy inocente, y en prueba de ello ved cómo la Virgen pasa al Niño del brazo izquierdo al derecho". Todos los ojos se dirigieron a la imagen, y al ver el prodigio liberaron al reo.

La Virgen se trasladó el 15 de agosto de 1689 a la capilla mayor de San Pedro de Larrúa, y las obras de reedificación, que afectaron a todo el templo excepto al ábside, comenzaron el 15 de septiembre del mismo año.

En 1702 se bendijo la reformada iglesia, y acompañada por la reliquia de San Andrés volvió la Virgen a su altar. Se formó una cofradía, y la devoción tomó auge, lloviendo los donativos.


Los Hermanos Menores Capuchinos, que hoy habitan el convento, son una de las tres ramas (la más espiritual, y única que ha logrado permanecer independiente) en que se dividió la Orden de Frailes Menores fundada por San Francisco de Asís. Surgió cuando las comunidades italianas de Las Marcas quisieron vivir con más rigor su vida de oración y pobreza, retornando al eremitismo original. En la fotografía, a la entrada del convento, sencilla escultura de un capuchino sobre original pedestal.

El 28 de septiembre de 1708 ocurrió un pequeño milagro. Estando el albañil Mateo de Albéniz terminando la espadaña, al llegar la hora de señalar las Ave Marías una criada tiró de la cuerda de la campana, desestabilizando al albañil, que cayó al suelo, quedando sin conocimiento cosa de media hora. Al volver en sí, arrojó gran cantidad de sangre por narices y boca, recuperando plenamente la salud.


El fundador de la orden fue el Beato Fray Mateo de Bassi, o Bascio, joven fraile que en 1510 entró en el convento de Montefalcone, y participó activamente atendiendo en el ducado de Camerino a las víctimas de la peste de finales de 1522, lo que le valió el apoyo de la duquesa Catalina Cibo, sobrina del papa Clemente VII, y considerada la "madre" de los Capuchinos. En la fotografía, de principios del siglo XX, cuatro beatas se dirigen a la iglesia, junto a la que vemos el convento que destruyó el fuego la noche del 14 al 15 de mayo de 1956).

Al abrir los cimientos para la reedificación del templo, en 1689 aparecieron sepulcros, lo que dio pie a que Baltasar de Lezáun y Andía -historiador local- se preguntara, con gran cautela, si se trataba de Templarios.

Dice así en sus memorias: "habiéndose abierto cimientos (…) se descubrieron muchos sepulcros de piedra con sus cruces, que al parecer y según su forma serían de caballeros templarios, los cuales según el instituto de su religión se empleaban en guardar los caminos de la romería de Santiago. Mandaríanse ellos sepultar en esa iglesia de Rocamador, tan frecuentada de peregrinos, si ya ella no era monasterio de templarios".


En 1525 tuvo la visión de que San Francisco confirmaba sus propósitos, por lo que Mateo adoptó estrictamente la regla, y, abandonando en secreto el convento, acudió a Roma. Obtuvo permiso oral del Papa, y se dedicó a predicar. Hecho preso por sus hermanos, logró la libertad por intervención de la duquesa. También huyeron los hermanos Ludovico y Rafael Fossombrone, siendo excomulgados por el Ministro General de los Observantes, quien obtuvo del Papa la facultad de encerrarlos. Se refugiaron en un eremitorio camaldulense, solicitando su ingreso, pero la presión de los Observantes lo impidió, por lo que volvieron a huir y acudieron en busca de Mateo. Se les unió Pablo de Chiogga. Como no tenían autorización papal, la obtuvieron en Roma y todos se refugiaron en los dominios de la duquesa. En la fotografía, puerta de acceso a la bodega del convento quemado.

No parece que esos monjes guerreros hayan tenido que ver con Rocamador, y alguna de esas tumbas –o todas- procederían de la peste del año 1599, cuando en casa de Juan Miguel de Subiza murieron seis personas y sus enterramientos se repartieron entre San Pedro de Larrúa y Nuestra Señora de Rocamador.

En 1707, al inventariar los bienes de la basílica, se vuelve a citar a los Templarios. Se habla de que en sus proximidades había una tejería, y señalan que "en este sitio se han hallado muchas efigies de cruces y sepulturas y huesos de personas difuntas. Y, como ha tradición que era esta basílica templario…"


La nueva peste del verano de 1527 les ganó la simpatía de los habitantes del ducado, y por intervención de la duquesa obtuvieron del Papa la bula que el 3 de julio de 1528 les daba existencia jurídica, autorizándoles a usar barba, hábito con capucha piramidal (unida a la túnica y más larga que los otros franciscanos, de donde les viene el nombre de Capuchinos), predicar al pueblo, y recibir novicios. Su regla se basa en el "retorno a San Francisco", la contemplación, la pobreza evangélica, la vida fraterna, y la acción apostólica. En 1578 llegaron a Barcelona, estableciéndose en Navarra en 1606. Hoy se extienden por 99 países, y unos 11.000 hermanos habitan en más de 1.800 conventos. Tienen una rama seglar, llamada Terciarios Capuchinos de Nuestra Señora de los Dolores, en cuyas excursiones participé en mi adolescencia. En la fotografía, interior de la bodega.

También se le ha atribuido una función en el Camino de Santiago, algo que parece lógico si tenemos en cuenta su origen francés, y que tanto la Rocamadour francesa como la estellesa están situadas al pie del Camino.

Según Teófilo de Arbeiza y José María Jimeno Jurío, los francos impusieron en Estella la devoción a los santos más renombrados de su patria, y en el siglo XII levantaron dos hospitales. Uno a la entrada, dedicado a San Lázaro, titular de la catedral de Autun, y a la salida el de Rocamador.

Madrazo dice que "el objeto principal de su erección sería proporcionar hospedería a los romeros que pasaban a Santiago".


La fachada del convento incluye un escudo de la primera mitad del siglo XVII, que orlado por un cordón franciscano, en el interior de una cartela de cueros retorcidos de estilo manierista tiene en su campo una cruz latina con dos brazos cruzados, surmontados por tres clavos en el cantón diestro de la punta y con escudo con las cinco llagas en el siniestro. Es el escudo de la orden franciscana: el brazo desnudo corresponde a Jesucristo, y el vestido a San Francisco de Asís. Procede del desaparecido convento de los franciscanos, situado donde ahora se encuentra el Ayuntamiento.

A finales del siglo XIX, según recoge el padre Eustaquio de Añézcar en la obra colectiva "Fecunda parens" (Pamplona 1951), "cuando los capuchinos trataron de establecerse en la histórica ciudad de Estella, el señor obispo de Pamplona dejóles a su elección uno de los dos santuarios estelleses: el Puy y Rocamador". En su opinión, decidieron establecerse en Rocamador para hacerse "con una hermosa huerta, tan necesaria en nuestros conventos".

No parece que el padre Eustaquio esté muy bien informado, ya que por dos veces fracasaron en su intento de establecerse en el Puy, y la primera noticia sobre Rocamador la da en 1899 el párroco de San Pedro de Larrúa al solicitar al obispo autorización "para otorgar, en usufructo, la iglesia, casa y terreno".


Crucificado y Santiago Peregrino en la capilla del lado del Evangelio. El segundo es de principios del XVII, y tiene resabios romanistas, perceptibles en los grandes rizos del cabello y el característico modo de apretar los labios. En 1887 la iglesia tenía tres altares, dedicados a Nuestra Señora, al Santo Cristo, y a San Nicolás (¿confundieron San Nicolás con Santiago?), un cuadro de lienzo de San José, cinco cuadros de lienzo cuyos motivos no se citan, y un Santo Cristo que ignoro si es el que vemos en la fotografía.

Los frailes también intervinieron ante el obispo, y éste recabó informes. El arcipreste de Estella-Yerri lo emitió favorable, señalando que "no hay otra comunidad religiosa que se dedique al ministerio de la predicación en este radio de cuatro leguas", pero pone algunas cautelas: "convendría que se les previniera, que los actos de culto (…) cuiden de no hacerlos a las horas de los actos parroquiales", y, también, que se debe tener la precaución de que "en ningún tiempo se incaute el Estado del edificio, si llegara una expulsión o tuviera la comunidad que levantar esta residencia por cualquier otro motivo".

Con ellas, el arcipreste quería que los frailes no hicieran competencia a la parroquia, y conservar para ésta la propiedad final de los bienes.


En su origen era una iglesia de una sola nave cubierta con bóveda de medio cañón corrido y apuntado, con arcos fajones, construida en la segunda mitad del siglo XII, de la que sólo se conserva el ábside. Entre 1689 y 1691 Santiago Raon construyó el cuerpo con planta de cruz latina de tres tramos y crucero cubiertos por bóveda de medio cañón con lunetos y su correspondiente arco fajón para la nave y brazos del crucero, y cúpula sobre pechinas. En 1901 los Capuchinos le añadieron las dos capillas de los pies para colocar "a lo menos cuatro confesionarios (…) para confesar la multitud de fieles que diariamente y especialmente los días festivos se acercan a recibir el sacramento de la penitencia"

El 31 de julio de 1899 el provincial de los capuchinos elevó petición formal al obispado, recibiendo contestación favorable. Entonces, el provincial solicitó al general de la orden la urgente "aceptación de la benignísima oferta, porque se trata de una ciudad muy religiosa, por lo cual otras muchas religiones piden con la mayor instancia la erección de la propia casa y aceptarán esta casa si no aceptamos nosotros enseguida".


Cuando los capuchinos llegaron a Estella fundaron una "Escuela seráfica", o Seminario, que estuvo en actividad entre 1903 y 1906, de donde fue trasladada a Alsasua. Al frente de la misma estuvo el padre Evangelista de Ibero, convirtiéndola en un activo foco de nacionalismo vasco. Desterrado a Híjar (Teruel), falleció con 36 años el 2 de septiembre de 1909. Nacido como Ramón Goicoechea, fue él, integrista y sabiniano sin complejos, imbuido de afán misionero, quien introdujo el nacionalismo vasco entre las clases populares de la ciudad del Ega, que en el escudo de la "escuela" leyeron por primera vez el nombre de Euskadi, y vieron el Seirak Bat que la representaba. Probablemente fuera en Estella donde escribió su libro "Ami Vasco", publicado en 1906 y reeditado al año siguiente en Argentina con el título de "Muera la mentira, Viva la Verdad", que desde el primer momento se convirtió en  una especie de catecismo del primer nacionalismo.

En este estado de cosas la diócesis cambió de obispo, se reinició el papeleo, y nuevos informes mostraron preocupación por la merma de ingresos que supondría a las parroquias el establecimiento de los frailes.

Como éstos querían a toda costa establecerse en al ciudad, justificaron sus deseos, declararon su voluntad de no hacer competencia a las parroquias, y respecto a los bienes inmuebles solicitaron "se digne conceder, por el tiempo de su voluntad, el uso de la iglesia (…) Los gastos de las modificaciones los sufrirá la Orden sin que pueda en tiempo alguno exigir compensación de parte de vuestra sede, a cuya posesión pertenecerán todas las obras y mejoras".


La localidad de Rocamadour se alza al resguardo de una inmensa peña en el departamento del Lot, a orillas del río Alzou, afluente del Dordoña, zona en que los galos se hicieron fuertes contra las legiones romanas. Conocida la depresión con el nombre de "Valle Tenebroso", el pueblecito se adosa a una peña que se alza más de cien metros sobre el río. Para subir del santuario y la capilla al castillo, hay un camino que serpentea por la pared rocosa, pasando por un arco natural, y una escalinata de 215 peldaños tallados en la roca. Otra escalera de 220 peldaños comunica  el pueblo con la capilla de la Virgen, construida bajo una cornisa rocosa que le sirve de techumbre. Los peregrinos la suelen subir de rodillas, rezando en cada grada un avemaría y una jaculatoria.

El 30 de enero de 1901 el obispo concedió "la autorización que se nos pide por el tiempo de nuestra voluntad y de nuestros sucesores", reservándose el derecho a autorizar o denegar las obras que desearan, y prohibiendo que sus cultos coincidieran con los de las parroquias.

Cuando poco después llegaron los seis capuchinos que iniciaron la comunidad, la ciudad los recibió de manera apoteósica, levantando arcos de triunfo y con un solemne Te Deum.


Una copla popular de la Auvernia describe así al pueblo: "Las casas sobre el arroyo, las iglesias sobre las casas, las rocas sobre las iglesias, y el castillo sobre las rocas". A considerable altura, clavada en la roca, hay una espada que se dice es la Durandal que usó Roldán en Roncesvalles, y que, para que no cayera en manos de los árabes, la lanzó desde Ibañeta quedando clavada donde ahora está.

Pocos meses tardaron los frailes en solicitar las primeras obras, que les fueron autorizadas, y el mismo año pidieron autorización para ampliar la iglesia con dos capillas en las que colocar confesionarios, lo que también se autorizó.

Por varias veces el convento pasó de "casa de elocuencia" a "centro de estudios" de la orden, volviendo en 1953 a su primitivo destino: lugar de culto y predicación con particular atención al confesionario.

Tres años más tarde, la noche del 14 al 15 de mayo de 1956, el convento se quemó casi por completo, calcinándose muebles, libros y enseres, y afectando también a la iglesia. Las obras de reconstrucción comenzaron el 1 de marzo de 1958, inaugurándose el 27 de noviembre del mismo año.


Conocida en un principio como Santa María del Valle Tenebroso "apud Rupem Amatoris", la primera noticia escrita del Rocamadour francés, cuyo altar de la Virgen vemos en la fotografía, se remonta al año 968. De una campana de bronce que cuelga de la bóveda se dice que sonaba sola cuando se producía algún milagro. Una crónica francesa de 1241 cuenta que la batalla de las Navas de Tolosa fue ganada gracias a esta Virgen francesa, cuyo pendón se colocó delante de las tropas cuando los cristianos daban por perdida la batalla.

Reanudada la vida conventual, el 23 de enero de 1967 se cerró el templo para repristinarlo porque "la iglesia de Rocamador es de estilo románico y su verdadero arte queda escondido y pasa desapercibido".

En la reforma se eliminó parte del coro para dar más entrada de luz, el altar mayor se construyó de cara al pueblo, "y el presbiterio, que se cree que es de piedra de sillería, se limpiará de yesos y adornos".

En el exterior se quitó la tierra que tapaba parte del ábside y transmitía fuertes humedades. Posteriormente, en 1975 se arregló el tejado cambiando el maderamen por vigas de cemento.


La ejecución de la Virgen negra de Rocamadour -composición superior- es atribuida a Zaqueo, personaje evangélico que en Francia recibió el nombre de Amador, quien la talló en Palestina, fue pintada por San Lucas (a muchas vírgenes negras se les atribuye la mano del evangelista), y la trasladó a su eremitorio de Quercy. Es de finales del siglo XII, de original iconografía, y destaca por su esbeltez y primitivismo. Se considera una de las imágenes marianas más antiguas de Francia, y va cubierta por una delgada capa de plata que el tiempo ha ennegrecido. Muestra la forma de los senos debajo del vestido, en alusión al "agua mercurial" de los adeptos de la Gran Obra - según algunos-, viendo un paralelismo con las tres gotas mágicas que brotan del caldero en el mito céltico de Doridwenn, a partir del cual se construyó la leyenda del Santo Grial (según el Acta Sanctorum, Amador habría sido esposo de la Verónica, con la que fue a las Galias llevando consigo algunas gotas de leche de la Virgen). Para los iniciados de la Edad Media Amador era al mismo tiempo el Silvano que oficia sobre una piedra en la gruta de Sulivia, símbolo de la iniciación druídica.

Las cautelas sobre la propiedad sirvieron de poco. En 1971 el provincial de los capuchinos pidió el deslinde de la finca. La diócesis mostró poca diligencia, y la Delegación Episcopal se contentó con los datos que le suministraron los monjes, los cuales no presentaron justificantes –no los tenían- de su adquisición.

De esa manera pasó a propiedad de los capuchinos la totalidad de la huerta que se les había entregado en usufructo, en la que se incluía la robada y media que en 1622 donó María de Mendico, y el terreno de la tejería a cuyo derecho renunció el Ayuntamiento en 1700.


Así como la de Rocamador de Estella ha sido tomada como modelo por varias imágenes románicas de la zona, Nuestra Señora de Rocamador de Sangüesa –fotografía superior-, de principios del siglo XIV, lo ha sido para varias vírgenes góticas. En ella María aparece frontal, llevando en la mano derecha un atributo, mientras coge al Niño por la parte inferior con la izquierda. Éste, sentado sobre la pierna izquierda de su madre, se presenta ligeramente girado, con la pierna izquierda flexionada, y bendice con la diestra mientras que con la siniestra sujeta un libro abierto. Ella viste túnica, velo y manto; Él túnica y manto, y ambos están recubiertos de plata. Las manos de madre e hijo, así como los atributos que sujetan, son modernas, el emplazamiento del Niño ha sido modificado, y éste, en origen, no llevaba corona.

Para cuando se produjo el deslinde ya estaba la comunidad metida en negocios: el frontón del convento lo había convertido en granja en la que criaban y engordaban conejos de raza mayor de lo normal, y a Celso Hermoso de Mendoza le compraron una finca situada entre el camino de la Solana y el monte.

Poco después vendieron la finca recién adquirida para que en ella se levantara CANASA, fábrica de calzados de la familia Ruiz de Alda que compartía edificio con la de curtidos, y vendieron parte de la huerta para que en ella se construyeran viviendas.

El error del obispado al renunciar a esos terrenos, según el historiador del que tomo los datos "quizá consistió en haberse hecho propietario el obispado suplantando al cabildo de San Pedro. Un poder local puede ejercer un control más eficaz sobre lo que cae bajo su mirada, que un poder lejano, que tiene otras muchas preocupaciones a que atender".


La Tau, como la que vemos (elaborada con el fruto del "tagua", conocido como "marfil vegetal", y prodecente de un árbol de la selva amazónica) sobre el pecho de un capuchino estellés, es la última letra del alfabeto hebreo, decimonona del griego, y se corresponde con nuestra "te". Es la cruz del Antiguo Testamento, y el símbolo que los israelitas hacen con la sangre del cordero. Representa la vara que Moisés convirtió en serpiente, por lo que se llama "cruz egipcia". Los Antonianos, que se dedicaban sobre todo a la atención de los contagiados por la peste, la llevaban en el hábito. Es también un símbolo al que San Francisco de Asís profesaba gran devoción como signo de conversión y penitencia, elección y protección de Dios,  y con ella marcaba sus escritos.

Notas: El traje que actualmente visten los grupos de danzas de Estella se estrenó en el viaje que en abril de 1969 realizó Larraitza a Rocamadour.

Hoy los PP Capuchinos atienden una estación meteorológica que diariamente envía datos a los organismos oficiales.

Para la elaboración de este reportaje, se han consultado las siguientes obras:
           "Historia eclesiástica de Estella", de José Goñi Gaztambide.
           "Las peregrinaciones a Santiago de Compostela", de Luis  Vázquez de Parga, José Mª Lacarra y Juan Uría Riu.
           "Imaginería medieval mariana", de Clara Fernández Ladreda.
           "Leyendas y tradiciones estellesas", de Pedro Campos Ruiz.
           "Rocamador", de fray Teófilo de Arbeiza y José María Jimeno Jurío.
           "Navarra-Logroño", de Pedro de Madrazo y Kuntz.
           "Memorias históricas de la ciudad de Estella", de Baltasar de Lezáun y Andía.
           "El enigma de las vírgenes negras", de Jacques Huynen.

Mi agradecimiento a la comunidad capuchina de Estella por las facilidades que me dieron para fotografiar el convento.


febrero 2008

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© 2005-2012 Javier Hermoso de Mendoza