La Guerra de la Independencia en Navarra (y V)

Tierra Estella, base de la guerrilla de Espoz y Mina

Batalla de Vitoria y Final de la guerra. Constitución de 1812 y afrancesados. Últimas actividades de Espoz

La intensa actividad guerrillera en Santander y Navarra impidió al general Caffarelli acudir con unos 40.000 hombres en ayuda del Ejército de Portugal, lo que permitió que Wellington avanzara sobre Burgos y asediara su castillo.


Bombas de cañón, de piedra y de hierro, que se conservan en el castillo de Burgos.

Cuando Espoz se enteró de que el lord inglés sitiaba la ciudad castellana, cruzó el Ebro y corrió en su ayuda para a la vez conocerlo y pedirle vestuarios y municiones. Al llegar a Ezcaray (Rioja) se enteró que Wellington había levantado el sitio y se retiraba a Valladolid. Intentó llegar a la ciudad del Pisuerga, pero a falta de doce leguas tuvo que desistir porque los caminos estaban ocupados por los franceses.

Aprovechando esta ausencia, el 16 de diciembre se dirigió Abbé a Tafalla para recoger un convoy de grano y transportarlo a Pamplona. A la altura del Carrascal le salió el coronel Górriz, que, desalojado de sus posiciones y perseguido a la bayoneta, dejó en el campo 100 muertos, gran número de heridos, y 10 prisioneros.

Los informes franceses dicen que sus soldados «escalaron rápidamente las alturas y, a pesar del fuego de 1.000 a 1.200 guerrilleros, se arrojaron sobre ellos a la bayoneta. Un terrible cuerpo a cuerpo se produjo en seguida. Los gendarmes estaban tan apretados y mezclados con los españoles, que, no pudiendo servirse de la bayoneta, aporreaban a sus adversarios a culatazos».


Wellington, arriba en Arapiles, abajo en Waterloo.

Conviene hacer un inciso para hablar de las fuerzas inglesas y de su general, Arthur Wellesley, duque de Wellington y futuro vencedor en Waterloo.

El 4 de junio de 1808, utilizando un barco corsario de la isla de Jersey, la Junta de Asturias envió a Inglaterra una comisión pidiendo ayuda. Reunidos en el Almirantazgo con el ministro de Relaciones Extranjeras, el Gobierno británico, que estaba a punto de tirar la tohalla, aceptó implicarse en la contienda, y envío fuerzas que, al mando de Lord Wellington, desembarcaron el 1 de agosto en Portugal, nación con la que Inglaterra tenía fuertes vínculos comerciales y políticos.

Desde la nación lusa, gracias a la guerrilla las fuerzas inglesas iniciaron un avance, no exento de retrocesos y hechos vergonzosos, que les llevó a derrotar totalmente al ejército francés en las llanuras belgas de Brabante.

Pese a que sus triunfos en España se basaron, en gran parte, en el apoyo de los restos del ejército nacional y, sobre todo, en una incesante actividad guerrillera que consiguió acabar con la moral de las fuerzas francesas, dispersarlas, entretenerlas y causarles importantes derrotas y numerosísimas bajas, el lord inglés, estirado, distante, y con una mentalidad feudal que le llevaba a aborrecer todo movimiento popular, despreciaba a los españoles y nunca tuvo buena opinión de la guerrilla ni supo valorar su inmenso esfuerzo.

En carta dirigida en noviembre de 1812 a T. Cook, describe a los guerrilleros como «unos cuantos bribones que atacan a la cuarta parte de su número, y unas veces vencen y otras son vencidos». Opinión que, como hemos podido ver, no se ajusta a la realidad.

De su desdén sólo se libraron Julián Sánchez el Charro, Juan Martín Díez el Empecinado, Francisco de Longa y, sobre todo, Espoz, al que admiraba y le estaba agradecido, lo que no evitó el mal comportamiento que con él tuvo en los últimos meses de la guerra, del que luego hablaré.


Arriba, Napoleón se dirige al lugar donde será coronado. Abajo, él mismo corona a su esposa.

Siguiendo el hilo de la narración, Espoz regresó a Navarra hacia el 22 de diciembre de 1812, pasando las navidades en Puente la Reina. Aquel año Europa sufrió uno de los inviernos más crudos de que se tiene noticia, y fue desastroso para las tropas napoleónicas en Rusia, las cuales tuvieron que soportar temperaturas de hasta 35 grados bajo cero y dejaron sobre la nieve 330.000 hombres. En una de las últimas retiradas el frío mató a 12.000 de los 15.000 soldados de que se componía una división, y otra noche la helada acabó con 40.000 caballos.

En Navarra, Álava y Huesca los montes estaban blancos, y los lobos, hambrientos, merodeaban por los pueblos buscando qué comer. La leña escaseó en media Navarra, y la guarnición de Pamplona tuvo que talar los árboles del paseo de la Taconera y cuantos de la comarca estaban bajo el radio de acción de sus cañones.

El frío paralizó las operaciones y cuando el temporal amainaba los guerrilleros caminaban ateridos, escasamente alimentados, y, a veces, descalzos. Los centinelas, por las noches, para que no se les helaran las manos tenían que sujetar los fusiles protegiéndose con el vuelo de los capotes.


Postal de Estella a principios del siglo XX. Está tomada desde el final del paseo de la Inmaculada, o del Andén. Al fondo, Santo Domingo cierra el horizonte. A la derecha, el chalet de Fernández, precioso ejamplar de estilo francés. A continuación, Villa Emilia, edificio de viviendas de estilo modernista. A la izquierda, las huertas de las casas de la plaza de Santiago. Nada queda, y todo ha sido sustituido por altos y feos edificios. 

En enero de 1813 establece Espoz en Estella su cuartel general, y sus tropas pasan una feliz temporada. Por la mañana, instrucción en el paseo de Los Llanos; por la tarde, cortejando a las mozas, paseando por calles y plazas o bebiendo en las tabernas, y por las noches, en sus alojamientos, jugándose las pestañas a los dados, las tabas (este juego, que lo hemos conocido femenino, era entonces cosa de hombres) o los naipes.

Como él no tenía vicios y odió el juego toda su vida, para evitar los excesos de sus tropas dio el 17 de enero en Estella un decreto terrible: «Todos aquellos soldados que fueren hallados jugando, bien a los naipes, taba u otros juegos de esta naturaleza, serán castigados con doscientos palos; del mismo modo que a aquellos que profiriesen palabras obscenas o escandalosas (...). Si los jugadores fuesen cabos o sargentos, serán depuestos de sus empleos por dos meses, y quedarán los últimos soldados de sus respectivas compañías, sufriendo (...) igual pena si se produjesen obscena y escandalosamente».

La disciplina era dura, y si bien la División de Navarra se componía sobre todo de navarros, en sus filas peleaban catalanes, y desertores franceses (alemanes e italianos principalmente) y españoles que en la guerrilla encontraban más libertad de acción, más ocasión de obtener botín, y mejores oportunidades de ascender.

En dicha división no figuró jamás un oficial de carrera, y los mandos eran promocionados entre los guerrilleros más valientes y capacitados. Los jefes recibían como paga una tercera parte que en el ejército regular, mientras que los soldados estaban mejor pagados.


Arriba, a la izquierda, Napoleón contempla Moscú en llamas; a la derecha, su ejército camina entre edificios destruidos por el fuego. Abajo, Napoleón y sus tropas regresan a Francia sin haber logrado su objetivo.
Chateaubriand, que acompañó a Napoleón en su marcha a Moscú, dice de ella: «Sólo teníamos una colina por delante; lindaba con Moscú (...) y se llamaba Monte Pío, porque los rusos, ante la vista de la ciudad sagrada, rezaban desde aquí como rezan los peregrinos ante Jerusalén. Moscú, el de las cúpulas doradas (...) brillaba al sol: 295 iglesias ortodoxas, 1.500 palacios; casas de madera tallada, amarillas, verdes, rosas (...). Cubierto de chapa pulida y pintada, el Kremlin aparecía como parte integrante del cuadro. Entre villas exquisitas de ladrillo y mármol fluía el río Moscova rodeado por parques de pinos (...). En las aguas del Adriático, Venecia en sus días de gloria no fue más excelsa».

El desastre de Rusia y los problemas de España hicieron que los soldados franceses perdieran la fe que tenían en su emperador, y a comienzos de 1813 su ardor guerrero disminuyó. Se sienten sin ideales, no saben por qué pelean, y no comprenden que los españoles resistan su invasión y se nieguen a darse por vencidos. Viven la guerra con gran decepción, sólo piensan en volver a casa, y para lograrlo se contagian las enfermedades o se mutilan.

También en Francia se sufrió el desencanto, y a finales de 1812 los jóvenes hacían cuanto podían para no servir en el ejército: «Los unos se saltaban los dientes para no poder romper el cartucho, los otros se destrozaban el pulgar de un pistoletazo para librarse de llevar el fusil. Algunos se escondían en los bosques (...), y no había bastantes gendarmes para perseguirlos».


Lejos quedaron los tiempos en los que Francia lo recibió jubilosa a su retorno de Egipto. En la imagen, alegoría de Jean Pierre Franque.

«Al comienzos del año 1813 la situación de los franceses en Navarra -dice Emmanuel Martin-  llegó a hacerse precaria bajo todos los puntos de vista (...). En un país ya despojado por los guerrilleros y en el que todos sus habitantes, hasta los niños, abrigaban en su corazón el odio contra los franceses (...). La debilidad de efectivos en los cuerpos acantonados en Navarra era tal que este general (Abbé) había tenido que ordenar la evacuación de muchos puestos (...) para concentrar sus fuerzas en Pamplona (...). Desde hacía mucho tiempo no se pagaban sueldos, y nuestros soldados, agotados por las fatigas, mal alimentados, vestidos con efectos usados, presentaban un aspecto lamentable (...). Los habitantes (...), a la llegada de nuestras columnas abandonaban sus pueblos y aldeas para retirarse a las montañas. Así, nuestros soldados ¡no encontraban más que casas vacías! Cuando se iban, los navarros regresaban a sus hogares, para volver a hacer lo mismo (huir) en la primera ocasión».

Y Bessières, aludiendo a la fuerza adquirida por la División Navarra, dice: «Impera Mina de tal modo, que ha logrado establecer tribunales de justicia; es considerado por los naturales como su jefe y legítima autoridad, y nadie se atreve a quebrantar sus órdenes. Sin necesidad de tropas, ha bloqueado Pamplona (...), y el general Abbé no se halla en estado de hacerle frente, a pesar de tener bajo su mando una División de las mejores tropas del Emperador».


Paisaje de la Bardena, inmensa y árida extensión de terreno que separa el sur de Navarra de Aragón.

Al ver Napoleón que le era imposible dominar España, a comienzos de 1813, para restablecer las comunicaciones de Navarra y Aragón, ordena a su hermano que traslade el Estado Mayor a Valladolid, y al mando del general Clausel envía a Navarra los 15.000 hombres del Ejército de Portugal.

Hallándose Espoz en Puente la Reina se entera que la división del general Barbot, compuesta de 5.000 hombres, ha llegado a Lodosa, donde piensa fortificarse para dominar el único puente, junto con el de Tudela, que existe en Navarra sobre el Ebro.

Sale a su encuentro, y en Lerín derrota una columna de 1.100 soldados que han salido a por raciones y han saqueado el pueblo. Sólo se salva el coronel y dos soldados que escapan a uña de caballo.

Al entregar sus espadas los oficiales que se rindieron, Espoz les dice: «No, señores; ustedes deben conservarlas, por lo bien que se sirven de ellas».


Entrada del general Álava en Vitoria el 21 de junio de 1813. Grabado de Esteban Boix sobre dibujo de Ángel Chávarri (Ayto. de Vitoria).

Clausel llega a Pamplona el 20 de abril, y al pasar por Puente la Reina las monjas agustinas le obsequian con dulces y chocolates, y eran «tan bonitas -dice- que resultaba imposible rehusar lo que ofrecían».

Deja en la villa una potente guarnición, y en Mendigorría acantona un destacamento de 50 soldados que, atacados por la guerrilla, se refugian en la torre de la iglesia (se cuenta que en su construcción se utilizó vino en vez de agua), de donde los saca quemando paja y guindillas. Al día siguiente, el comandante Górriz obligó a 3.000 infantes y 100 caballos a dejar Muez y refugiarse en Puente la Reina.

Una nueva ofensiva contra la guerrilla había comenzado, y esta, siguiendo la consigna de Wellington de entretener a los hombres de Clausel, va al valle del Roncal, donde la División de Navarra está a punto de ser cogida por Abbé, que la ataca por Salazar y quema 53 de las 58 casas de Isaba, mientras que Clausel le cierra el paso por Salvatierra de Esca.

Trepando por montes y riscos puede pasar la División al Pirineo aragonés, y con agotadoras caminatas nocturnas, sin apenas comer y sin dormir, entretiene a sus perseguidores, esquiva sus ataques, y baja a la Bardena.

La ofensiva francesa no da resultado, y a mediados de mayo las tropas francesas, aspeadas, maltrechas, dejando 2.500 hombres entre muertos, heridos y extraviados, regresan a Pamplona.

Espoz sufrió 300 bajas, pero consiguió sus objetivos: salvar sus batallones, e impedir que Clausel acudiese a Vitoria, donde pudo haber cambiado el desarrollo de la batalla que, junto con la de Sorauren, dio fin a la guerra en España.

Cuando al fin Clausel acude en socorro del rey José, y por Estella llega a San Vicente de la Sonsierra, es tarde, y eludiendo el paso por Navarra se retira a Zaragoza para entrar en Francia por Somport.


Dos representaciones de la batalla de Vitoria. Abajo, Pepe Botella (José I), perseguido de cerca por jinetes británicos, abandona su coche con el tiempo justo para saltar sobre el caballo de un soldado y partir a galope tendido para refugiarse en Pamplona

En la batalla de Vitoria (21 de junio de 1813), 77.000 soldados hispano-anglo-portugueses, entre los que se encontraban los guerrilleros de Longa, Dos Pelos, Salcedo y el Charro, se enfrentaron a 57.000 franceses.

Comenzada al amanecer, termina a las seis de la tarde cuando los aliados cortan la retirada hacia la frontera y las fuerzas imperiales huyen en el más completo desorden para refugiarse en Pamplona.

Los franceses perdieron 151 cañones, 432 cajas de munición, 8.000 hombres entre muertos y heridos, y más de 1.000 prisioneros.

Esposas y concubinas, monjas y actrices, fueron capturadas por cientos, y la victoria aliada inspiró a Beethoven un poema musical. 


Monumento que en Vitoria conmemora la batalla de su nombre, en cuyo pedestal puede leerse "A la independencia de España". En los prolegómenos de la batalla de Vitoria destacó la actuación de la marquesa de Montehermoso (relacionada con Tierra Estella, de su linaje estellés hablaré en otra ocasión). Mujer culta y de gran belleza, enamoró al rey José consiguiendo retenerlo el tiempo necesario para que el ejército aliado pudiera sorprenderle.

Los franceses tuvieron que dejar un enorme convoy de más de 2.000 carruajes cargados de las riquezas (cinco millones y medio de duros, oro, plata, joyas, esculturas, libros antiguos, cuadros de Ticiano, de Rafael...) acumuladas durante cinco años de expolio.

En el campo, sembrado de cadáveres y despojos, durante varios días se estableció un mercadillo o rastro en el que se intercambiaba y vendía todo lo que abandonaron los franceses. En el trueque participaron los soldados de ambos bandos, los vecinos de la capital y los aldeanos de los pueblos de La Llanada, repartiéndose entre todos esa inmensa riqueza.

«Se vio -dice Emile Bégin- los furgones del Ejército francés robados por los soldados encargados de defenderlos». Y Sebastián Blazé, escribe: «Hubo combate en torno a estos tesoros, y como había bastante dinero para contentar a ambos partidos y los soldados hallaban más provecho en tomar cartuchos de monedas que en dar sablazos, se vio a ingleses y franceses meter mano a la vez en el mismo tesoro» sin hacerse el menor daño.


Toma de San Sebastián por tropas anglo-portuguesas. Al entrar en la ciudad la saquearon, violaron a sus mujeres, sembraron la muerte en sus calles, y la noche del 31 de agosto de 1813 la ciudad vieja fue pasto de las llamas. Hecho que los donostiarras lo siguen  recordando al son de las tamborradas y con un apagón general que da paso al encendido de velas. En los aspectos étnicos, culturales y urbanos, San Sebastián era la ciudad más francesa de España, y quizá por eso fue respetada por los franceses e incendiada por los "libertadores" ingleses.

El de Vitoria fue el mayor botín aprehendido en la Historia moderna, y cuando Wellington conoció lo que hacían sus soldados, afirmó: «Dejadlos; ellos se merecen cuanto puedan encontrar, aun cuando fuese diez veces más». Está claro que al lord inglés le importaba poco lo que era de los españoles.

Robaron todos: portugueses, españoles, franceses e ingleses. Éstos, expertos en saqueos, cogieron cuanto pudieron en numerosas ciudades españolas, y cuando en Badajoz Wellington intentó impedir el saqueo de la ciudad, lo amenazaron de muerte.

El general Álava, que entro en Vitoria con un regimiento de Caballería para proteger la ciudad del saqueo, gritaba a sus paisanos que ocultaran cuanto tuviesen de valor, «porque -les decía- éstos que vienen conmigo son peores que los que se han ido».

Pocos meses después, el 17 de octubre los ingleses saquearon y destruyeron San Sebastián, violando a cuantas mujeres encontraron a su paso. La ciudad donostiarra, en cuyo componente cultural y humano había un fuerte poso gascón (se decía que era una ciudad desarrollada y habitada por gentes de origen francés), se encontró cómoda con la ocupación francesa, y no sólo vio destruir la ciudad por las fuerzas que iban a liberarla, sino que, para más INRI, creó para  ellas el cementerio inglés que aún se puede ver en el monte Urgull.


"Ya no hay tiempo". Grabado de Goya, de la serie "Los desastres de la guerra"

Después de la batalla los ejércitos franceses atravesaron Navarra, como si fueran una plaga, quemando y saqueando cuantos pueblos encontraron a su paso, y las fuerzas inglesas y portuguesas que les siguieron actuaron de parecida forma, de manera que durante su estancia en la frontera (y en Francia) los valles de la montaña navarra padecieron mucho más que durante la ocupación.

La miseria llegó a tal extremo, que en Lesaca (pequeña población de la cuenca del Bidasoa) murieron de hambre 224 personas, y en Bera (Vera del Bidasoa) más de 500.

Pero Wellington, que tan tolerante había sido con el saqueo que sus tropas hicieron en España, quiso que la guerra se desarrollara en Francia con total humanidad y consideración, ofreciendo dinero a los franceses para tratar de ganárselos. No toleró el más mínimo desmán, agresión o robo en suelo francés, se comportó con los gabachos con una amabilidad extrema, y pagó a buen precio cuantos productos compró.

Y mientras las tropas inglesas, bien y puntualmente pagadas, viven divinamente, las españolas, con la mitad de la paga y ración, pasan hambre y miseria, y, violando la norma establecida por el inglés, subsisten con las mazorcas de maíz que cogen en los campos.

La guerrilla, para que no tome revancha, es confinada en el Pirineo español, donde mal vestida y alimentada muere de hambre y de frío, y por primera vez en la guerra Espoz no puede alimentar a sus soldados porque le han prohibido extraer raciones de Navarra y Álava, destinándolas todas a los ejércitos aliados establecidos en Francia.

«Envuelto siempre -escribe Espoz- en ventiscas de granizo, nieve y aguas, no había centinela que en la mayor parte de los puestos pudiese aguantar quince minutos; muchos hombres quedaron yertos haciendo el servicio, y sobre estas penalidades, la escasez de alimento».


Castillo de Monzón, tomado por Espoz el 15 de febrero de 1814 después de un sitio de cuatro meses y medio.

Volviendo atrás, Wellington se entrevista con Espoz en Orcoyen y le encomienda acosar a Clausel en su retirada hacia Francia.

Nuestro héroe llega hasta las mismas puertas de Zaragoza, derrota varias columnas enemigas, y cuando los franceses abandonan la ciudad se niega a entrar en ella para no compartir el triunfo con el mariscal Durán, que con su División Soriana se había mantenido inactivo.

También navarro y más antiguo que él en el Ejército, Durán era hombre de corta inteligencia y jactancioso. «Era fama -dice el marqués de la Amarillas- (que) hacía la guerra llevando consigo dos hijas grandes y el piano en que tocaban».

El 2 de agosto rinde Espoz a los franceses que quedaron sitiados en la Aljafería, motivo por el que el Ayuntamiento zaragozano lo nombra regidor de la ciudad. Al año siguiente, finalizando ya la guerra, Espoz toma Monzón y Jaca, que junto con Benasque eran los últimos reductos franceses en España.

En Jaca, a las 4 de la madrugada del 4 de diciembre, la División Navarra toma la ciudadela empalmando cuantas escaleras encontraron en los pueblos, y escalando con ellas la muralla.

En Monzón, tras un largo asedio en el que se utilizaron minas y contraminas, los sitiados se rindieron al conocer la capitulación de las plazas de Mequinenza y Lérida. Plazas que se entregaron cuando un traidor que había cambiado varias veces de chaqueta, siendo edecán de Suchet se hizo con las claves secretas y se presentó ante las guarniciones con falsas órdenes de rendición.


En los grabados, el valle donde tuvo lugar la batalla de Sorauren, o de los Pirineos, y una escena del combate.

En Pamplona quedaron 3.351 soldados franceses al mando del general Cassan. Asediados por el inglés Plicton, pronto le sustituyó Carlos de España, general de origen francés que tan mala imagen dejó en Cataluña durante la 1ª Guerra Carlista.

Mientras tanto, los regimientos guerrilleros que se hallaban en Navarra expresaban su indignación porque no les dejaban participar en el sitio de una ciudad que tenían bloqueada desde hacía tres años, y a cuya guarnición la habían llevado a la inanición más absoluta: como solo contaban con pan y galleta para 77 días, se ordenó que los pamploneses abandonaran la ciudad para así disponer de más alimentos, lo que no permitieron los sitiadores.

«Los soldados (franceses) -escribe Belmás- parecían espectros ambulantes, sin fuerzas para tenerse en pie y aguantar el peso del fusil (...). Los perros, los gatos y los animales más inmundos (empezaron con los caballos, y terminaron comiendo ratas, hierbas, hojas, cortezas y todo aquello que podía llenar el estómago) habían llegado a ser considerados como alimento exquisito (...); buscaban toda clase de hierbas y raíces, y varios de ellos se envenenaron con cicuta».


Retrato del general francés Nicolás Jean de Dieu Soult, duque de Dalmacia, derrotado en Sorauren. Óleo de Rudder, Museo de Versalles.

El Ejército francés, reorganizado en su país por el mariscal Soult, con 90.000 hombres entró en España a finales de julio para socorrer Pamplona, siendo detenido y derrotado por Wellington en Sorauren.

En vista de ello, perdida toda esperanza de romper el cerco, Cassan decidió incendiar el material y minar las fortificaciones, amenazando con arrasar la ciudad si no se permitía su salida a Francia. No lo hizo porque Carlos de España le comunicó que si llevaba a efecto su propósito pasaría a cuchillo a toda la oficialidad y diezmaría a la guarnición.

Por fin, el 31 de octubre, tras un asedio de 129 días, capituló Cassan, y la guarnición fue embarcada para Inglaterra. Los pamploneses celebraron su salida sacando la Comparsa de Gigantes de la Catedral, olvidada desde hacía muchísimos años (la Comparsa del Ayuntamiento había desaparecido tiempo atrás).


El general Jean Isidore Harispe (1768-1855), y Saint Etienne de Baigorry  pueblo en el que nació. Lo conquistó Espoz  el 16 de diciembre de 1813, y ocupó el castillo natal del general. Este pueblo era la patria de los temibles y aguerridos baigorrianos que durante la guerra de la Convención asolaron el norte de Navarra. Con frecuencia, el peor enemigo es el vecino.

Asediando Zaragoza, Espoz se entera de que la Regencia le ha quitado el cargo de Jefe Político de Navarra para dárselo al presidente de la Diputación errante, el corellano Miguel Escudero, que comienza a ejercer su cargo en Estella.

Sobre Espoz caen todas las envidias, y los generales no pueden soportar que en tres años un simple labriego sin instrucción haya llegado a mariscal y a comandante general del Alto Aragón.

Se olvidan de sus triunfos, levantan infundios sin cuento, no le dejan entrar en la recién conquistada Pamplona, (lo hizo por primera vez el 12 de enero de 1814), y lo envían con sus tropas a Roncesvalles, condenándolas al frío y al hambre. Para mayor afrenta, su famosa División Navarra pasa a depender de los Ejércitos Aliados.


Antigua reproducción de la bandera que los voluntarios navarros llevaron en la Guerra de la Convención. Propiedad de la familia Baleztena.

Estando en Roncesvalles, Espoz es llamado para atacar Baigorry (la y griega lo diferencia del Baigorri de Tierra Estella) y bloquear Saint Jean Pied de Port (San Juan de Pie del Puerto, para los alto-navarros). Conquistado el primero, al comenzar el año se traslada a Jaca para rendir la plaza, y al frente de sus tropas queda en Francia José Górriz, que atacado por 8.000 soldados mandados por Harispe tiene que replegarse a España (todas las derrotas sufridas por las fuerzas de la División Navarra sucedieron cuando Espoz no la dirigía).

El 14 de febrero vuelve Górriz a ocupar Baigorry, quemando en venganza algunas casas (entre ellas el castillo de Harispe).


Derrotado, vemos a Napoleón, a bordo del Bellerophon, camino del destierro (pintura de William Orchardson. Y en la isla presidio de Santa Helena, otear melancólico el horizonte pensando en su querida Francia. En esta isla del Atlántico Sur murió el 5 de mayo de 1821.

El 2 de abril de 1814 abdica Napoleón, y el 23 toma Espoz el fuerte de Benasque, último reducto de las tropas francesas en España.

A mediados de abril tomaron Bayona las fuerzas españolas de los generales Freyre, Morillo, y España, que habían obligado a Soult a retirarse al interior del país.

Días después, éste general firmó con Wellington un armisticio con el que se daba fin a la Guerra de la Independencia Española.


Repatriación de los restos de Napoleón, a bordo del Belle Poule, el 15 de octubre de 1840. Óleo de Louis Eugène Gabriel Isabel.

Más despótico que nunca, Fernando VII regresa a España rodeado de una camarilla aduladora que apenas ha participado en la guerra. Cuando en Madrid se presenta Espoz esperando ser nombrado Virrey de Navarra, lo recibe fríamente, y el duque de Ahumada, testigo del encuentro, nos dice que «el Rey pasó a hablar a otro y, cuando llegó a donde estaba (...) besóle éste la mano y Su Majestad no le hizo más caso que a un perro».

Despechado, el 23 de septiembre tiene conocimiento de su traslado al Ejército de Navarra para ser puesto a las órdenes del virrey Ezpeleta, su declarado enemigo, mientras que la División de Navarra es enviada a Aragón para ponerla a las órdenes de Palafox.

Sin comunicar estos hechos a su gente, se propone apresar al Virrey. Para ello ordena trasladar a Pamplona el 1er regimiento, que se halla en Puente la Reina, y planea apoderarse de la ciudadela (como sus fuerzas tenían las plazas de Mozón, Benasque y Jaca, pensaba que apoderándose de Pamplona podría doblegar al Gobierno) escalando de noche sus murallas.


Puente que conduce a la puerta de Socorro de la Ciudadela

Sólo conocen su propósito su fiel Górriz (dirige las tropas destinadas a asaltarla), el coronel Asura (manda 50 de los hombres que participan de la custodia de la ciudadela), Javier Mina (se encontraba en el interior de la fortaleza), el sargento mayor Cía (al descubrirse el pastel se entregó y fue fusilado), y algunos paisanos que al fracasar la intentona se descolgaron de la muralla y huyeron.

Pero el problema no son los defensores, sino los atacantes: la oficialidad de su regimiento recela (no conocía la pretensión de su jefe), y cerca de Pamplona detiene las tropas. Espoz se dirige a los soldados, que se niegan a seguir (Javier Mina dice que por falta de vino), amenazan con hacer fuego contra él, y vuelven a su acantonamiento de Puente la Reina.

Allí apresan a José Gorriz (poco después, en la ciudadela, fue fusilado de espaldas como convicto de rebelión) y comunican la intentona al Virrey. Espoz se presenta en Puente la Reina para liberar a Górriz, pero es atacado por sus propios soldados, «salvando la vida porque tenían (...) pocos cartuchos».


Grabado que representa a Espoz marchando al exilio después de intentar apoderarse de la ciudadela de Pamplona. Con esa acción Espoz inauguró la larga serie de pronunciamientos militares que se produjeron en España a lo largo de los siglos XIX y XX, y que tan nefastas consecuencias tuvieron para la nación.

Espoz es perseguido por Chapalangarra (lo he contado anteriormente), y el 4 de octubre, acompañado de Gurrea, su hijo adoptivo el francesito Carlos Soubirán, su secretario Fidel Boyra, su asistente Luis Gastón, varios oficiales de su división y el comerciante pamplonés Juan José Villanueva, pasa a Francia por la selva del Iratí, llegando todos a Dax.

Días después cruzan la frontera los demás conjurados, Javier Mina entre ellos, siendo apresados en Camou-Mixe.

Al mes de estar en Francia, Espoz solicita el indulto a Fernando VII. No lo obtiene, y cuando Napoleón se evade de la isla de Elba, se le ofrece para entrar en España al frente de un ejército con el que reponer en el trono al viejo Carlos IV.

Reside en Suiza y Bélgica, e ingresa en la masonería (la francmasonería fue uno de los legados que nos dejaron los franceses). Cuando el general Rafael del Riego se subleva (1820) para reponer la Constitución de Cádiz, Espoz se presenta en Navarra para incorporarse al movimiento constitucional, siendo nombrado Capitán General del Ejército y de la Provincia de Navarra.


Grabado de "Panorama Español". Espoz disolviendo una manifestación el 15 de agosto de 1836 en Barcelona.

El poco entusiasmo que despierta en su tierra le hace pedir el  traslado a Galicia, donde se casa con la hija de un comerciante coruñés, niña de dieciséis años a la que pasa veinticuatro.

Destinado en Cataluña, cuando el mariscal francés Moncey sitia Barcelona, Tarragona y Hostalrich, haciéndolas capitular, Espoz embarca para Inglaterra y participa en cuantas conspiraciones traman los exiliados españoles.

En 1830 intenta entrar en Navarra, pero se lo impiden sus antiguos compañeros de guerrilla. Iniciada la 1ª Guerra Carlista, ante el fracaso de los generales Rodil y Quesada, se pone al frente de los ejércitos liberales en Navarra, teniendo que enfrentarse a Zumalacárregui, su antiguo subordinado.

Trasladado al frente de Cataluña permite el fusilamiento de la madre del general carlista Ramón Cabrera, cuyo único delito es haberlo engendrado.

Tras tomar Castellfullit de Riubregós, plaza fuerte absolutista, la quema y clava sobre sus ruinas la siguiente proclama: «Aquí existió Castellfullit. Pueblos, tomad ejemplo. No abriguéis a los enemigos de la Patria».


Grabado de "Panorama Español" con la muerte de Espoz.

Fallece en Barcelona, el 24 de diciembre de 1836, a las nueve y cuarto de la noche, a la edad de 53 años.

Juana María de Vega, su esposa, traslada sus embalsamados restos a La Coruña, depositándolos hasta su muerte en un oratorio instalado en una de las habitaciones de su domicilio, y dispone en su testamento: «Deseo que sea sepultado con mi cadáver el corazón de mi inolvidable Esposo, que se conserva en una urna de ébano y plata dentro de un vaso de cristal, cuya urna se hallará en mi habitación. Dentro de ella (de su habitación) hay otro vaso que contiene una parte de los restos mortales de mi Esposo, la que en la misma urna deseo se conduzca al pueblo de Idocin, Navarra, donde nació».


Los restos de Espoz descansan hoy en el claustro de la catedral de Pamplona, en un mausoleo costeado por las Ayuntamientos navarros. Obra del catalán José Piquer, es copia  del que Antonio Canova levantó en Santa Croce de Florencia para albergar los restos del poeta Dante Alighieri.

Narciso Correal, en su libro Juana de Vega, dice que la condesa de Espoz y Mina nació en La Coruña el 7 de marzo de 1805 y que, muerto su esposo, «retuvo el cadáver a su lado y durante largos años de tristísimas vigilias le contempló yerto, desfigurado y mudo; le veló sin cansancio y lo ungió con sus lágrimas. Encerró el corazón de su amado en un cofre de plata, y a él acudía en las horas de persecución y de desmayo como a vivo manantial de fortaleza... ».

Más adelante añade: «Amó a su esposo, reteniéndole treinta y cinco años insepulto en una estancia próxima a su lecho. Desde fines de abril de 1837 hasta el 22 de junio de 1872, en que falleció». Conducidos finalmente a Pamplona, sus restos reposan en el claustro de la catedral.

Cuando falleció Espoz, el congreso de los Diputados le concedió a la viuda el título de condesa de Espoz y Mina. Cinco años después fue nombrada Aya de la reina Isabel II y de su hermana, la infanta Luisa Fernanda, cargo que ejerció durante dos años y sobre el que escribió su Historia interior de Palacio. También escribió los cinco tomos de Memorias del general Francisco Espoz y Mina.

Retirada a La Coruña, fue íntima amiga de Concepción Arenal y protectora de Rosalía de Castro. Durante la epidemia de cólera que asoló la ciudad, arriesgó su vida en el cuidado de los enfermos, haciéndose cargo de la dirección y mantenimiento del hospital provisional y del nuevo hospicio. Hoy en La Coruña hay una fundación con su nombre.

Así mismo gran parte de su fortuna la destinó a crear una escuela de Agricultura y otra de Párvulos, donde conoció al después famoso violinista navarro Pablo Sarasate, al que dotó con 1.000 reales al año, le pagó sus estudios en Madrid, y lo introdujo en la Corte y en la alta sociedad madrileña, gracias a lo cual pudo estudiar en París. Sarasate, en reconocimiento a su ayuda, le dedicó su primera composición.

Respecto a enterramientos, a los franceses debemos los primeros cementerios de España (prohibieron enterrar en las iglesias). En Estella, el 22 de mayo de 1809 se inauguró uno para las parroquias de San Pedro de Larrúa, Santa María y el Sepulcro (ignoro su ubicación), y otro para las de San Juan y San Miguel (estuvo al pie de la muralla del Mercado Viejo, donde ahora se encuentra la guardería).


Cuadro que representa la proclamación de la Constitución de Cádiz.

El comportamiento de Estella a lo largo de toda la guerra fue tan notable, que el general Castaños envió una carta al municipio (4 de agosto de 1813), en la que decía: «Habiendo añadido la Ciudad de Estella a sus antiguos timbres la gloria de haber sido (...) la cuna y el abrigo de nuestros insignes Batallones navarros, y merecido el particular afecto de su asombroso caudillo el general Espoz y Mina (...), he pedido manifiesten (...) mi gratitud y el inenarrable afecto que siempre he profesado a sus naturales...».

Las consecuencias de la guerra tardaron en desaparecer de la ciudad: el 15 de enero de 1814 se declaró una nueva bancarrota en la hacienda municipal, motivada por el constante envío de suministros a los hospitales de las tropas nacionales, entre los que figuraba el de Irache.

A lo largo de la guerra pasaron por Estella las tropas francesas, las guerrillas marginales, el Corso Terrestre de Javier Mina,  los desertores catalanes enrolados en el ejército francés, llamados chacones, la División de Navarra de Francisco Espoz (el Rey Chiquito para los franceses), los ejércitos ingleses, y el Ejército de Andalucía.

Veinte estelleses fueron ahorcados o fusilados, 48 deportados a Francia, 62 sufrieron prisión en Pamplona, 50 la penaron en Estella, amén de los numerosos estelleses que la sufrieron en otros puntos. Estuvieron enrolados 178 voluntarios, de los que murieron 26 y 10 quedaron inválidos.

La guerra costó a la ciudad la impresionante cifra de 3.734.622,70 de pesetas de las de entonces. Para hacernos una idea, el Depositario municipal cobraba en aquellas fechas 500 pesetas anuales. Y según recordaba Miguel Ancil en la Merindad Estellesa de 1 de agosto de 1936, la riqueza de Estella en 1846 se calculaba en unas 550.860 pesetas, y el presupuesto anual de gastos del Ayuntamiento en ese mismo año era de 29.840


Portada de la Constitución de 1812, o Constitución de Cádiz, conocida popularmente como "La Pepa"

Termino estos reportajes con algunos datos sobre la Constitución de Cádiz y los afrancesados.

Su primera proclamación en Navarra llegó el sábado 31 de julio de 1813, cuando la ciudad del Ega comenzaba sus fiestas en honor de la Virgen del Puy y el Apóstol San Andrés. En ese momento tan especial para los estelleses, por mandato del jefe político de Navarra, Miguel Escudero, en Estella se proclamó y juró por primera vez en Navarra la Constitución de Cádiz, y la plaza Mayor, de San Juan, o del Mercado (hoy, de los Fueros) pasó a llamarse plaza de la Constitución.

En Estella, que especialmente en los últimos meses de la guerra había asumido el liderazgo del reino de Navarra, se eligieron los Diputados que habían de acudir a las Cortes de Cádiz, los miembros del Gobierno Provincial (según lo establecido por la Constitución), y en la ciudad se estableció la nueva Diputación de Navarra.


Monumento en Cádiz a la Constitución de 1812

Las vueltas que da la vida: Espoz, que en la primavera de 1812 impidió que en Navarra se jurara la Constitución, y que en 1814, para congraciarse con Fernando VII la puso sobre una silla y la mandó fusilar, seis años después se sumó al golpe de Riego y se convirtió en uno de los más acérrimos defensores del movimiento constitucionalista.

Esta Constitución, elaborada durante la guerra, era demasiado liberal y avanzada para la mentalidad española de la época. Su vida en España fue muy corta, pero sus efectos en Ultramar fueron de largo alcance: fue el desencadenante, ayudada por las convulsiones que sufrió la monarquía y el viejo régimen, de los procesos independentistas de las colonias americanas.

En Navarra, La Pepa, como se la llamaba por haberse proclamado en Cádiz el día de San José, era aborrecida por los navarros, que la consideraban contraria a sus Fueros, y chocaba con su sentimiento monárquico y religioso (cuando Napoleón pregunta al ruso Balashov – Leon Tolstoi en La guerra y la paz- «¿Es verdad que la llaman Moscú la santa? ¿Cuántas iglesias tiene?», al oír que son más de doscientas, contesta «¿Por qué tantas? El gran número de iglesias y conventos es siempre índice del atraso de un pueblo»). Estella, en aquella época, por la gran cantidad de iglesias y conventos que tenía, podía considerarse como un gran monasterio medieval.


Jura de la Constitución de 1812

En contra de lo que se dice, La Pepa no fue la primera constitución de España. El 6 julio de 1808, una Asamblea de Notables constituida en Bayona (Francia) y formada por 150 vocales designados por estamentos e instituciones tradicionales (fueron, la mayoría de ellos, los afrancesados de la primera hora, los auténticos), promulgó una Constitución que acababa con el Antiguo Régimen e introducía las reformas que, a su juicio, el país necesitaba. Esta Asamblea estuvo presidida por el navarro Miguel José de Azanza, que después fue ministro de Justicia y Asuntos Exteriores de José I (con Carlos IV fue Virrey de Nueva España, y ministro de Hacienda).

Su vida fue muy efímera y no llegó a implantarse en su totalidad, pero sirvió para despertar en los patriotas la necesidad de una Carta Magna que les llevó a redactar una Constitución alternativa, elaborada en zona no sojuzgada: La Pepa.


Marqués de San Adrián, cuadro pintado por Goya que se conserva en el Museo de Navarra. Según algunos, hasta poco antes de ser adquirido por la Diputación foral, el cuadro, olvidado y prácticamente abandonado, estuvo, lleno de polvo y rodeado de trastos, en el desván del palacio que los herederos del marqués tienen en Monteagudo (Navarra). Otros afirman que el cuadro fue llevado en 1853 a la residencia del marqués en Madrid, y retornado a Navarra poco antes del estallido de la Guerra Civil de 1936.

Durante la guerra hubo muy pocos afrancesados. A lo largo de estos reportajes he hablado del estellés Jerónimo Navarro. Pero entre los navarros, el más famoso fue José Mª de Magallón y Armendáriz, marques de San Adrián y de Castelfuerte, señor de Monteagudo y caballero de la Orden de Calatrava, Grande de España y miembro de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, nacido en Tudela en 1763.

Fue retratado por Goya en 1804, cuando acababa de recibir el nombramiento de Gentilhombre de la Cámara. Se adhirió a la causa de José Bonaparte, siendo nombrado Maestro de Ceremonial de la Corte. Tras la derrota huyó a Francia, regresando en 1820 para volver a exiliarse al implantarse el absolutismo.


Fusilamiento de Torrijos

La mayoría de los afrancesados surgieron cuando Fernando VII reinstauró el absolutismo. Como ejemplo próximo tenemos a Espoz y Mina, en el entorno, a Goya, y entre los españoles, por su trágico destino, destaca José Mª Torrijos y Uriarte, nacido en Madrid en 1791. Ingresado en el Ejército, participó en la francesada, y tras la reinstauración del absolutismo se afilió al Partido Progresista para luchar por la restauración de la Constitución.

Encarcelado por intentar alzar al ejército andaluz, con el golpe de Riego fue excarcelado. Cuando llegaron los Cien Mil Hijos de San Luis, retuvo secuestrado en Cádiz a Fernando VII, y derrotado en Cartagena se expatrió a Inglaterra, donde formó parte de la Junta de Londres.

Intentó entrar en España por Gibraltar, pero al no conseguirlo desembarcó en Fuengirola, donde fue capturado y fusilado el 10 de diciembre de 1831. Sus restos descansan bajo el obelisco de la plaza de la Merced de Málaga.

Para saber más:

 - "Espoz y Mina el guerrillero", y "Espoz y Mina el liberal", de José María Iribarren.
 - "Navarra bajo Napoleón. El caso de Estella", de Juan Erce Eguaras.
 - "La Guerra de la Independencia en Navarra. La acción del Estado", y "La guerrilla en la Guerra de la Independencia",  de Francisco Miranda Rubio.
 - "La Guerra de la Independencia", por José Mª Jimeno Jurío.
 - "Guerrilleros. El pueblo español en armas contra Napoleón (1808-1814)", de Rafael Abella y Javier Nart.

diciembre 2008

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